martes, 22 de septiembre de 2026

Conferencia Inaugural 1963/64

 

ALFONSO BULLON DE MENDOZA

C de la Real Academia de la Historia

 

 

 

 

 

 

 

BADAJOZ

 

EN LAS

 

BODAS REALES DE 1729


 

D I S C U R S O

 

Correspondiente a la Apertura del Curso

Académico de 1963 a 1964

en el Instituto de Enseñanza Media

Femenino

 

BADAJOZ

1963


 

I

 

IN MEMORIAM...

 

 

Considero deber ineludible de fraternidad cristiana, en este discurso inaugural del Año Académico, dedicar mis primeras palabras para rendir homenaje a la memoria de los profesores de nuestro Centro que han fallecido en el curso anterior.

 

Y es esta la primera y no menos eficaz lección que el Instituto ofrece a la juventud ya que la primera imagen que se presenta a sus ojos es la de la caducidad de la vida terrena con lo que imperativamente se nos indica a todos la obligatoriedad de practicar las enseñanzas del Divino Maestro si queremos ser dignos de alcanzar nuestro último e inmortal destino.

 

Hemos perdido en el transcurso de cortos meses dos inolvidables compañeros: D. Joaquín Núñez Coronado, catedrático de Lengua Francesa, y el padre Jiménez Andrades, profesor numerario de Religión.

 

Don Sebastián Jiménez Andrades, nace en la Puebla de Obando, hijo de maestros nacionales, de quienes recibió su primera educación; ingresa en el Seminario Diocesano y pasa posteriormente a realizar los estudios teológicos en la Universidad Pontificia de Comillas, cursándolos con tal aprovechamiento que obtuvo premio extraordinario.

 

En 1927 cantó su primera Misa, y se incorpora al Seminario Pacense como profesor de Teología y vicedirector, puesto que desempeñó durante muchos años, recibiendo sus enseñanzas numerosas promociones de sacerdotes hasta que tomó posesión de la canonjía magistral, de nuestra Catedral, que ha servido has-ta su fallecimiento.

 

Licenciado en Filosofía y Letras, había cursado dicha carrera en la Universidad de Salamanca. En 1928 fué designado profesor adjunto de Religión en el Instituto de Badajoz, ocupando posteriormente dicha cátedra como numerario, y últimamente al crearse el Instituto Femenino, optó por desempeñarla en este Centro.

 

Si se quisiera resumir su vida en pocas palabras, podríamos decir que fue dechado de sacerdotes y modelo de docentes. En estrecha colaboración con sus prelados trabajó siempre para bien de la Iglesia y de la Diócesis, elevó el nivel de las enseñanzas que le fueron encomendadas, de tal manera, que el modo de explicar de D. Sebastián llegó a ser escuela y por el profundo conocimiento de las materias que explicaba hacía asequibles incluso a los menos dotados las más difíciles cuestiones teológicas, así como la enseñanza de la Religión, en el Instituto sabía hacerla sencilla y amena para las inteligencias infantiles.

 

Lo unánimemente respetado y querido que era en Badajoz el muy Ilustre Señor Jiménez Andrades, se demostró en la concurrencia extraordinaria que acompañó su entierro que calificamos de apoteosis de un buen sacerdote y un excelente profesor.

 

Don Joaquín Núñez Coronado, vió la luz primera en Montijo, en el seno de noble familia, contándose entre sus ilustres ascendientes la preclara poetisa Carolina Coronado. Cursó sus estudios de Bachillerato en este Instituto y la Carrera de Filosofía y Letras, en la Universidad Hispalense.

 

En 1932 en brillantes oposiciones gana la cátedra de Lengua Francesa en el Instituto de Zafra y seguidamente en nuevas oposiciones en las que obtiene el número uno, la de dicha asignatura en el de Gijón, figurando en comisión de servicios en el de Villafranca de los Barros.

 

Al año siguiente le encontramos en el Instituto de Sevilla y en el mismo curso pasa al de Badajoz donde ha ejercido su carrera durante muchos años, haciéndolo en los últimos meses en el recién creado Instituto Femenino al que por sus deseos se traslada.

 

En estos dos Centros oficiales ha ostentado la vice-dirección.

 

Extraordinario profesor y conocedor expertísimo de su disciplina que exponía en forma metódica y fácil. La mejor corona de un maestro son sus discípulos; y con decir que discípulos del Sr. Núñez Coronado han sido todos los estudiantes de enseñanza oficial de Badajoz durante una generación completa queda destacada la trascendencia de su labor docente.

 

Fué autor de libros de textos, unánimemente apreciados, como lo vemos en el hecho de que fueron adoptados en numerosos Institutos de España. (1)

 

Enamorado de la naturaleza estudia las costumbres de las aves y a las plantas, y practica la caza destacando como excepcional tirador habiendo ganado preciados trofeos, entre ellos, el campeonato de Tiro de Pichón de Badajoz; y fué seleccionado para el equipo español en el del mundo.

 

Al sobrevenir su fallecimiento trabajaba en colaboración con su conocido amigo, el conde de Yebes, en la publicación de una documentadísima obra sobre el Arte venatorio.

 

 

(1) Entre otros Gramática de Lengua Francesa de I, II y III Curso. Y Lecturas Francesas de I y II.

 

Entendido musicólogo logrará formar una discoteca de tal calidad, que muy difícilmente se la hallará igual.

 

Hombre de múltiples aptitudes dedica sus ratos de ocio a la fotografía y trabajos manuales, en los que se nos muestra más que como un aficionado, un verdadero profesional.

 

Don Joaquín Núñez Coronado, ha legado a los que tuvieron la dicha de tratarlo, la imagen del perfecto caballero, el modelo del catedrático honorable y por encima de todo el ejemplo del varón cristiano que a lo largo de su vida ha seguido siempre el camino de la rectitud.

 

Descansen en paz.


 

II

 

BADAJOZ EN LA HISTORIA DE LAS RELACIONES CON PORTUGAL

 

Pasando ahora a exponer el tema sobre el que ha de versar este discurso, y dentro del orden de estudios de mi disciplina, he buscado un asunto que guarda estrecha relación con la ciudad en que nos encontramos, ya que todo centro consagrado a la enseñanza debe de vivir ligado a su marco geográfico e histórico. Habiéndolo hecho siempre así el Instituto de Badajoz, a lo largo de su ya dilatada existencia, desde que fué creado por la Reina Isabel II, ha sabido hacer honor a su elevada jerarquía de primer centro docente provincial, y por ello, y en este mismo Paraninfo en que nos hallamos, ha visto congregarse relevantes personalidades, tratarse los temas de máximo interés local en el mundo de la cultura, y desfilar en las apertura de los cursos académicos a las sucesivas generaciones de alumnos, de las que han salido los que alcanzando puestos preeminentes en la Iglesia, en la Administración y en las Letras, en el ámbito regional, han sido excelentes ejemplo de la unión íntima del Instituto Pacense con la ciudad y con el territorio del que ella ostenta la capitalidad.

 

Ciñéndonos pues a la historia de Badajoz, voy a ocuparme de un aspecto que considero fundamental y no ha sido suficientemente realzado, me refiero al papel principalísimo que esta ciudad ha desempeñado por su posición clave en nuestras relaciones con el país hermano: Portugal.

 

En efecto Badajoz, tanto por ser la capital de provincia más próxima al vecino estado como por hallarse sobre el camino directo que une a las dos grandes ciudades de Madrid y Lisboa, ha sido en los período de guerra ¿Quién no las tiene con sus vecinos?, plaza fuerte de donde partían ejércitos y se resistían los ataques de los adversarios y en los siglos de paz paso obligado de reyes y hombres de Estado que se dirigían en opuestas direcciones hacia el interior de España o de Portugal.

 

Y sobre todo en la capital pacense se han concertado alianzas y firmado tratados que han contribuido de forma poderosa a crear los vínculos que hoy nos une a la gloriosa tierra lusitana.

 

Y esta política no ha podido ser más acertada, ya que ambas naciones que constituímos una unidad geográfica, con lazos religiosos, lingüísticos y culturales que heredamos de nuestra madre común: Roma; hemos realizado con los mismos ideales la epopeya de los grandes descubrimientos y conquistas en las diversas partes del mundo, siendo difusoras de la verdad cristiana y de la civilización europea; causas éstas que hoy defiende heroicamente Portugal en las tierras africanas.

 

Son muchas las brillantes páginas de historia que hemos escrito conjuntamente; así en una hora difícil de la reconquista, cuando la tremenda invasión de los Benimerines amenazaba gravemente a Castilla, los ejércitos reunidos de ambos países acaudillados por los dos Alfonsos (1) alcanzan la insigne victoria del Salado, aniquilando para siempre el empuje de la Media Luna. Y si fueron los nautas españoles los primeros que dieron la vuelta al orbe, aquella expedición fue dirigida por el portugués Magallanes, hasta que halló la muerte. Y fueron los lusos Quiros y Vaez de Torres, los que con naves y tripulaciones hispanas alcanzaron los primeros las tierras australes. Y si volvemos nuestros ojos a la provincia portuguesa de la India víctima de brutal agresión nos encontramos, que si Goa fué conquistada para Portugal por Alfonso de Albuquerque, la ganó para Cristo San Francisco Javier (2).

 

 

(1) Los Reyes Alfonso XI «El Justiciero» de Castilla y Alfonso IV «El Bravo», de Portugal.

 

(2) La agresión se perpetró en Diciembre de 1961 con oprobio para las grandes potencias que tácitamente lo consintieron.

 

En la imposibilidad de hacer un bosquejo en un discurso de tiempo forzosamente limitado, de los tratados que a lo largo de las centurias las patrias de Camoens y Cervantes han concertado en Badajoz, he resuelto ocuparme del que en mi opinión se cuenta entre los de más importancia por que representó el fin de larga hostilidad y sentó las bases de una prolongada unión de muchos años.

 

Y también ha influido en mi ánimo que hallándonos en el que es hoy Instituto de Enseñanza Media Femenino, parece sumamente indicado tratar de una alianza que se asentaba en los dobles desposorios de dos jóvenes excelsas que simbolizaban en Bárbara de Braganza y María Ana de Borbón, a cada una de las dos naciones en que habían nacido.

 

Retrocedamos pues a aquellas fechas y expliquemos tan señalados sucesos en que Badajoz jugó un papel capitalísimo ya que aquí vinieron la familia real española con su corte y ministros, fué en la frontera del río Caya donde se efectuó la entrega de ambas princesas y fué también este punto adonde concurrieron los reyes de Portugal con su gobierno.


 

 

III

 

RUPTURA DE LA ALIANZA CON FRANCIA

 

 

Finalizaba el primer cuarto del siglo XVIII y regía los destinos de España el fundador de la dinastía borbónica, Felipe V. Atento siempre este monarca a reforzar la alianza con Francia, la nación en que había nacido, concertó un doble enlace matrimonial: el de su hijo primogénito Luis con la princesa Luisa Isabel, hija del Duque de Orleans, a la sazón Regente de Francia, y el de su hija María Ana Victoria, con el entonces rey niño Luis XV.

 

En cumplimiento de estas capitulaciones vino a Madrid la princesa francesa y efectuados sus desposorios con Luis, llegaría a ser muy en breve bien que por tiempo fugaz, reina de España; y María Ana se trasladó a París. Esta infantita hija del segundo matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio, había nacido el 31 de Mayo de 1718 por lo cual al ser lle vado a Francia contaba sólo 4 años, obedeciendo su viaje en tan temprana edad a que se deseaba que recibiera allí su educación en tanto llegara el momento de contraer matrimonio (1).

 

La íntima alianza entre las dos naciones aún va a reforzarse más con el compromiso matrimonial de una segunda hija del Regente Orleáns, con el Infante don Carlos, el hijo primogénito de la Farnesio y Felipe V; viniendo a Madrid la princesa francesa para ser formada en la corte española.

 

(1) María Ana Victoria, pese a sus cortos años maravilló a todos por el aplomo y soltura con que desempeñaba su papel hasta el extremo de que su aya, la duquesa de Ventadour, escribió a Isabel de Farnesio «Yo no creo sea posible encontrar en el mundo una niña más gentil y más inteligente que nuestra pequeña infanta, hace reflexiones como una persona de treinta años». (Carta de 25 de Marzo de 1722).

 

 

 

Todos estos enlaces matrimoniales parecían asegurar, tanto la tradicional amistad hispano-francesa como la continuidad de la dinastía borbónica en ambos reinos y por ello el monarca español se apresuró a poner en práctica una idea largo tiempo acariciada; abandonando la pesada carga del timón del estado abdicando la corona en el Príncipe de Asturias, Luis, y se retiró a descansar a San Ildefonso, cuyo soberbio palacio y bellísimos jardines se nos muestra como el gran legado artístico monumental del primero de los Borbones (1).

 

Pero Luis I, falleció a los siete meses de reinado, llevándose consigo el amor y las esperanzas de sus súbditos y Felipe V vióse obligado a volver a empuñar el Cetro.

 

Al año siguiente, en 1725, iba a experimentar el total fracaso de su política matrimonial con la casa real de Francia.

 

Había muerto el duque de Orleáns y acababa de alcanzar la mayoría de edad Luis XV, cuando sufrió esta grave enfermedad a consecuencia de la cual quedó tan quebrantada su salud que se temía un funesto desenlace.

 

El duque de Borbón, nuevo primer ministro, cuyas directrices políticas no coincidían con las del Regente, receloso de que falleciera antes de efectuar su matrimonio con María Ana, que tenía entonces sólo 7 años, con el mayor sigilo, concertó la boda del rey con la princesa polaca María Leczinsky, cuya edad prometía rápida sucesión, y anulando el compromiso con España devolvieron a ésta la princesa que llegó a Madrid el 30 de Mayo de 1725.

 

(1) Felipe V, adquirió los terrenos en el que alzó el palacio y parte de los jardines a los monjes Jerónimos que en aquel hermoso rincón de la sierra poseían un convento dedicado a San Ildefonso y una pequeña granja, razón de la cual se debe que a este Real sitio se le conozca indistintamente por los dos nombres.

 

Los españoles reaccionaron enérgicamente contra tan grave falta a la palabra empeñada hecho explicable en un pueblo caballeresco que veía atropellada a una tierna niña, se produjeron violentas manifestaciones populares, y las relaciones diplomáticas se rompieron. El concertado matrimonio del infante D. Carlos con la hija del Regente Orleáns se deshizo, y esta princesa y Luisa Isabel, la reina viuda de Luis I, fueron obligadas a regresar a Francia.

 

Felipe V haciendo honor al sobrenombre del «Animoso», que supo merecer en los difíciles días de la guerra de Sucesión en que tan cerca estuvo de perder el trono, comenzó con rapidez a buscar alianzas con otras naciones europeas.


 

IV

 

LOS DOBLES MATRIMONIOS ENTRE LAS CASAS DE BORBON Y

BRAGANZA

 

Enemiga de Francia era a la sazón Austria, gobernada por Carlos VI, que no olvidaba pudo haber sido rey de España, si Luis XIV no consiguiera, primero con sus hábiles gestiones políticas y después con sus ejércitos el triunfo de los Borbones.

Por ello el gobierno español decidió ponerse directamente en contacto con aquél emperador.

 

Se entablaron pues negociaciones alma de las cuales fué el célebre aventurero holandés, barón de Ripperdá, que con omnímodos poderes de Felipe V se trasladó a Viena e hizo a Carlos VI proposiciones para una alianza militar, concertándose al mismo tiempo los enlaces de los hijos de Isabel de Farnesio, con archiduquesas austriacas. Francia, alarmada, buscó el apoyo de Inglaterra que como principal interesada en aquella centuria de mantener el equilibrio europeo lo veía roto con la alianza de dos tan poderosos estados.

 

España y Austria no se detuvieron y firmaron una serie de tratados, unos de índole comercial y otros con miras a una posible guerra, llegándose a pensar en una expedición para desembarcar en las islas Británicas un ejército y provocar un alzamiento en favor de Jacobo Estuardo, el ejemplar «Caballero de San Jorge», al que en derecho legítimo correspondía el trono de Inglaterra y que se hallaba en el exilio, al que fué arrojado su padre y donde seguirían viviendo sus hijos, ya que todos aquellos príncipes prefirieron el destierro de su patria por ser católicos a una corona si practicaban el Protestantismo. (1)

 

(1) Con este fin se habían concentrado en Galicia doce mil hombres al mando de D. Luis de Córdoba, y se equiparon buques de guerra para transportarlos,

Inglaterra, sintiéndose amenazada, firmó con Francia y Prusia el tratado de Hannover y movilizó tres escuadras y en 1.727 un ejército español pasó a la acción y bloqueó Gibraltar, cuya posesión ha sido y es legítima aspiración de nuestra patria.

 

La guerra parecía inminente cuando la caída de Ripperdá, víctima de sus intrigas y falsedades, a las que debió cambiar su sitial de Ministro Universal por la poco apetitosa celda penitenciaria en el Alcázar de Segovia; y sobretodo el nuevo gobierno formado en Francia, sucediendo al duque de Borbón, el cardenal Fleury que se apresuró a restablecer relaciones diplomáticas con España y medió entre ésta y el Reino Unido, condujeron al armisticio entre las dos naciones retirándose las fuerzas militares que sitiaban Gibraltar y despejándose los cargados nubarrones que se cernían sobre Europa.

Simultáneamente a todos estos sucesos se habían establecido relaciones con Portugal.

Con el vecino país vivíamos en estado de latente hostilidad, nada menos que desde el año 1640, fecha en que Portugal proclamó su separación de España, hecho que originó una larga guerra de 28 años que asoló las zonas límites de los dos estados. La paz de 1.668, por la que reconocimos la independencia portuguesa fué efímera, y principalmente la guerra de Sucesión, en que la nación vecina reconoció al Archiduque y tropas lusitanas combatieron en nuestro suelo, había nuevamente agudizado la hostilidad a la que sólo en teoría puso fin el tratado de Utrecht.

El haber reanudado las relaciones con Portugal, los tratados que se estipularon como consecuencia y su culminación en las dobles bodas reales de 1729, son golpes maestros de habilidad diplomática que honran por igual a los monarcas Juan V y Felipe V, que supieron advertir con clarividente visión las ventajosísimas consecuencias de duradera y leal amistad entre los dos reinos hermanos de la Península Ibérica.

 

La iniciativa partió del Borbón español que en cuanto se produjo el rompimiento del compromiso matrimonial de su hija María Ana, se dirigió al rey de Portugal ofreciéndole la mano de esta infanta para su primogénito José, príncipe del Brasil; y solicitando igualmente la de la hermana de éste, María Bárbara para el príncipe de Asturias D. Fernando.

Como complemento de tales proyectados enlaces solicitaba España una alianza ofensiva y defensiva y la cancelación de los problemas pendientes entre las dos naciones.

Habiéndose por el consejo de estado portugués, admitidose la conveniencia de entablar negociaciones sobre tan importantes extremos, Juan V, designó como embajador extraordinario cerca de la corte española al hábil diplomático José de Cunha Brochado, al que dió amplias instrucciones que se pueden concretar en tres puntos (1): el primero el de los compromisos matrimoniales; el segundo el de la doble alianza y el tercero el del arreglo de los problemas en litigio entre los cuales destacaba la reivindicación por España de la Colonia del Sacramento, territorio tan disputado en aquél siglo por su estratégica situación en el estuario del río de la Plata, frente a Buenos Aires, y que conquistado por nuestras armas en la guerra de Sucesión nos vimos precisados a entregar a Portugal por el tratado de Utrecht. (2).

Reclamabamos así mismo la devolución de tres navíos que, portadores de valiosísima carga habían caído en manos de los marinos lusos antes de aquella guerra.

 

 (1). Carta instrucción del 24 de Mayo de 1725 para que ajustase «entre esta coroa e a de Castella huma liga deffensiva e offensiva e afiançar esta com os recíprocos matrimonios; do Principe meu sobre todos muito amado e prezado filho com a Infanta daqueste Reino e o a da Infanta minha muito amada e prezada filha com o Principe de Asturias».

(2) La Colonia del Sacramento había sido fundada en 1680 por D. Manuel Lobo, gobernador de Río de Janeiro; conquistada en aquel mismo año por los españoles fué devuelta a Portugal en 1681. Durante la guerra de Sucesión fué reconquistada por el gobernador de Buenos Aires D. Alfonso de Valde-Inclan.

El Ilustre investigador D. Esteban Rodríguez Amaya en su trabajo «Felipe V y Portugal» publicado en la revista de E. E. boletín del año 1945, comete el error de suponerla en este tiempo en poder de Portugal.

Para conocer detalladamente la historia de este territorio puede consultarse el excelente trabajo del catedrático de Instituto, D. Antonio Bermejo de la Rica «La Colonia del Sacramento, su origen desenvolvimiento y vicisitudes de su historia».

 

Cunha Brochado llegó a Madrid y muy en breve se trasladó en compañía del embajador de su patria en la capital, Guedes Pereira, a la residencia veraniega de los reyes, el palacio de La Granja en cuyos hermosos salones fueron recibidos con gran amabilidad por los reyes.

Puestos en contacto con los hombres de Estado españoles se dieron comienzo a las negociaciones, que fueron muy lentas, a causa de la discrepancia surgida al negarse Portugal a concertar alianza alguna que pudiera romper su tradicional amistad con Inglaterra, y ya hemos visto como esta gran potencia marítima estrechaba por aquellos días sus lazos con Francia, nación contra la que iba dirigido el pacto estipulado con Austria y en el que se pretendía la inclusión de Portugal.

Las dificultades llegaron a un grado máximo y para zanjarlo se resolvió tratar únicamente de los matrimonios entre los príncipes, punto en el que coincidían los deseos de ambos gobiernos por lo que quedó decidido con rapidez, anunciándose públicamente, con gran regocijo.

En lo tocante a la alianza militar y arreglo de los problemas pendientes aplazóse su discusión para tratarlos en Viena donde ya se hallaban reunidos los ministros imperiales con los embajadores españoles.

Los enviados portugueses supieron cumplir con gran habilidad las órdenes de su rey de mostrarse favorables y seguir de cerca las negociaciones con España y Austria, pero sin comprometerse firmemente en alianza alguna hasta que se despejara totalmente la actitud inglesa.

Pasaron largos meses en estas circunstancias, se llegó al estado de beligerancia de España con Inglaterra y cuando parecía que la guerra iba a generalizarse y por tanto se hacía inaplazable una decisión portuguesa, el armisticio del 13 de Julio de 1727, al que antes hemos aludido, representando un cambio de signo político para los reunidos en Viena les permitieron llegar a feliz solución en lo concerniente a la alianza Ibérica. (1).

 

(1) Por lo que hace a la Colonia del Sacramento quedó en poder de Portugal hasta que por nueva transacción amistosa nos fuera devuelta en 1750.

 

Entregado este territorio, nuevamente a Portugal no fué definitivamente de España hasta 1777 en que la conquistó D. Pedro de Ceballos, primer virrey del Río de la Plata.

Cuando esto ocurrió ya se encontraba en Madrid el aristócrata lusitano, marqués de Abrantes, que había sido designado por D. Juan V, embajador especial para solicitar la mano de la Infanta María Ana y celebrar los desposorios; y asimismo había llegado a Lisboa el noble español marqués de los Balbases con idéntica misión respecto a la Infanta María Bárbara.

 

Estos embajadores desenvolvieron sus simpáticas gestiones en medio de grandes fiestas que en su honor organizaron los dos gobiernos, entusiasmados de que los lazos del amor entre sus familias reales constituyeron en adelante las sólidas bases en que descansara la deseada amistad entre sus pueblos.

Los esponsales de D.ª María Ana, celebráronse el segundo día de la octava de la Navidad, por la tarde, en el gran salón del Palacio Real, con asistencia de los soberanos, todos los ministros y representasión de la nobleza. Dió la bendición el cardenal Borja y durante tres días se sucedieron festejos tan extraordinarios que durante muchos años quedaron grabados en la memoria de los madrileños.(1)

La petición de la mano de la infanta portuguesa se efectuó en Lisboa por el marqués de los Balbases, el día de Reyes de 1728, con las ceremonias acostumbradas. Otorgáronse las capitulaciones matrimoniales el día 10 y después de firmadas pasaron nuestros embajadores a reconocerla como Princesa de Asturias, quedando encantados de la cordialísima forma y de la sencillez con la que fueron acogidos por D.ª Bárbara, a la que hicieron entrega de la joya que la enviaba su prometido y que consistía en su retrato guarnecido de brillantes de sumo precio.

 

 

(1) La detallada relación de estos hechos puede leerse en el libro de D. A. Rodríguez Villa «La Embajada extraordinaria del marqués de los Balbases» publicado en Madrid en 1872.

 

Tuvieron lugar los desposorios el día siguiente, domingo 11 de Enero, representando al príncipe D. Fernando, el rey don Juan V y solemnizándose la alianza con la pompa correspondiente a la ostentación de aquel monarca que ha pasado a la historia como excepcional organizador de recepciones y festejos, a lo que le ayudó sobremanera el haberse descubierto en su reinado riquísimas minas de oro y diamantes en el Brasil, que hicieron fabulosamente rica a la casa de Braganza (1).

Realizados los matrimonios sólo quedaba la entrega de las princesas que se fué difiriendo por más de un año, cosa que no debe extrañarnos si se tiene en cuenta la corta edad de los contrayentes ninguno de los cuales llegaba a los 18 años, además Felipe V y Juan V, pensaban acudir con sus cortes personalmente a recibir a las infantas y hacer entrega de sus hijas, y había que esperar que los arduos problemas de la administración del Estado les dejaran tiempo libre para realizar el viaje, máximo teniendo en cuenta los complejos problemas que este originaba con el numeroso séquito, fuerzas militares y pesadísima impedimenta que requerían los regios cortejos en aquella época.

recibir a las infantas y hacer entrega de sus hijas, y había que esperar que los arduos problemas de la administración del Estado les dejaran tiempo libre para realizar el viaje, máximo teniendo en cuenta los complejos problemas que este originaba con el numeroso séquito, fuerzas militares y pesadísima impedimenta que requerían los regios cortejos en aquella época.

 

 

 

 

 

 

(1) En 1728 se descubrieron ricos placeres auríferos en la meseta de Matto Groso; 10 años después Fonseca Lobo dió conocimiento al rey de Portugal de las minas de diamantes halladas en Minas Geraes. La región de los diamantes fué declarada propiedad de la corona portuguesa. Hasta el descubrimiento de las minas de Kimberley proveían casi exclusivamente a todo el mundo.

 

V

PREPARATIVOS EN BADAJOZ PARA RECIBIR A LA FAMILIA REAL

 

Habiéndose señalado finalmente la entrega de las dos princesas para comienzos del nuevo año de 1729 e indicándose como punto en que se efectuaría la frontera del río Caya adonde concurrirían los dos monarcas desde Badajoz y Elvas lugares en que se alojarían durante esos días, comenzó nuestra ciudad los febriles preparativos para la recepción de la corte, al mismo tiempo que España entera y aún lasnaciones europeas concentraban su atención en el acontecimiento que por obra y gracia del Rey iba a sacar a Badajoz de la tranquila vida de tantas otras capitales de provincia.

 

Contaba entonces la capital extremeña unos quince mil habitantes; Capitanía General, asiento de numerosa guarnición, con su amurallado recinto erizado de cañones, sus fuertes exteriores; tenía acentuado carácter militar, ostentando el gobernador de la plaza que solía ser general de artillería, la suprema autoridad.

 

Como las demás ciudades de su tiempo contaba con gran cantidad de conventos (13 en total) e iglesias, presididas por la ya familiar silueta de la Catedral, Era reconocida su riqueza agropecuaria en las que representaba una fase característica la trashumancia. (1).

Al conocerse la venida de los reyes se había reunido en sesión extraordinaria el 12 de Febrero de 1728, el cabildo municipal, convocado por el gobernador militar, el mariscal de Campo D. Diego González, acordándose textualmente «que siendo esta ciudad

 

 

 

(1) Para conocer detenidamente cómo era entonces Badajoz debe examinarse la obra extractada de D. Diego Suárez de Figueroa «Historia de la ciudad de Badajoz» editada en Badajoz en 1916, páginas 17 al 29.


fronteriza del otro Reino de Portugal en donde se habrán de hacer las demostraciones que habrán de executar los portugueses tenía que destacar por sus demostraciones de lealtad y celo y las que ha acostumbrado en semejantes casos con las personas reales». (1).

Pero para que los ciudadanos pacenses pudieran realizar con todo esplendor la recepción y principalmente el alojamiento de toda la Corte se necesitaba disponer de cuantiosas sumas y la capital no las tenía porque como se expuso en aquella sesión los había en su totalidad gastado en la guerra de Sucesión en la que heroicamente defendió el trono de los Borbones.

Había que arbitrar un medio y por ello en la junta se acordó y así se hizo, dirigirse al Rey pidiéndole autorización «para imponer sobre propios y baldíos treinta mil ducados de censo para desempeñar tan preciosa obligación con el lucimiento correspondiente». (2).

Larga tramitación tuvo esta solicitud que puede seguirse por el curioso investigador examinando en el archivo del Ayuntamiento en la estantería 13, el legajo 108, en que se especifican las facultades concedidas por el Rey autorizando el Censo, primero hasta «siete u ocho mil ducados» después «hasta cuatro o cinco mil más» añadiendo la comunicación real fechada en Madrid el 22 de Diciembre de 1728, que asimismo podrá emplearse ésta cantidad «en la composición y repaso del camino desde la villa de Talavera a dicha ciudad (se refiere a Badajoz) y desde ella a la frontera de Caya».

Sin embargo como la autorización del censo fué tan tardía, en nombre de Badajoz se dirigió al Secretario de Cámara del Rey, D. Ignacio González Blanco, diciendo «que es sumamente dificultoso que pueda buscarse en tan breve tiempo el dinero y por ello se dé licencia para que se pueda usar de cualesquiera caudales los más prontos que se hallen aunque estén destinados para otras funciones, hasta la totalidad de la cantidad concedida, con la condición de reintegrarlos luego que se haga la composición del censo y se cobren los arriendos».

(1) «Facultades concedidas por Felipe V a la ciudad de Badajoz para imponer sobre propios y baldíos treinta mil ducados de censo». Archivo del Ayuntamiento estantería 13, legajo 108.

(2) Id. Id.

 

El monarca dió su autorización inmediatamente (1), y quedó pues resuelta la candente cuestión económica.

Para conocer detenidamente los preparativos que hizo la capital de Extremadura con motivo de la venida de S.S. M.M. hemos examinado en el Archivo municipal los libros de actas núm. 48 correspondiente al año 1728, y el núm. 49 correspondiente al 1729, y en el archivo de la Catedral el libro del Cabildo correspondiente a esas fechas (2). En los folios amarillentos por el transcurso del tiempo de los mencionados manuscritos podemos advertir que no se reparó en medios para que la recepción, el alojamiento y la manutención de los Reyes y de su séquito fueran dignos de la ciudad. En las casas consistoriales situadas en aquél entonces en la plaza Alta las reuniones celebradas con el exclusivo fin de tratar de la regia visita eran frecuentísimas y también en la catedral se congregaba el Cabildo eclesiástico. Los pueblos de la provincia acudían con la producción agrícola y ganadera de sus ubérrimos términos; los vecinos de Badajoz rivalizaban en ofrecer sus casas para alojamiento y hasta el Sr. Obispo D. Pedro de Levanto y Vibaldi, cedió su palacio.

Se nombraron las comisiones que debían visitar a los reyes e infantes confeccionándose para todas las autoridades trajes para este fin. Y se trajeron colgaduras para los edificios públicos de Sevilla, Jerez de los Caballeros y Zafra. (3).

Según se acercaba la fecha el entusiasmo crecía; así en el acta de la sesión del Ayuntamiento del 11 de Enero se dice textualmente: «que todos están deseosos de ejecutar las demostraciones más grandes por la felicidad que causa el extraordinario regocijo que para todos sus súbditos es la adorable presencia de sus Majestades y Serenísimos Príncipes e Infantes».

Era la llegada de estas últimas la que despertaba principalmente el fervor popular ya que la entrega de las Infantas hacían realidad los desposorios y en estas ocasiones siempre a lo largo de los siglos han vibrado los sentimientos tradicionalmente monárquicos de los españoles.

(1)   Carta de 20 de Diciembre de 1728 fechada en Madrid.

(2)   «Libro del Cabildo pleno que empieza en 23 de Junio de 1728 y fenece en 21 de Abril de 1730». Archivo Santa Iglesia Catedral.

(3)   «Se acordó traer de Sevilla la cantidad de varas de damasco carmesí que es menester para colgaduras». Sesión del Cabildo eclesiástico de 24 de Diciembre de 1728.

VI

 

LAS JORNADAS REALES A BADAJOZ Y A ELVAS

A mediados de Diciembre de 1728, el gobierno español comunicó oficialmente al embajador extraordinario de Portugal, marqués de Abrantes, que la salida de la corte para Badajoz tendría lugar el 7 de Enero, y al tener conocimiento de este hecho D. Juan V dispuso su partida para Elvas el día 8, a fin de coincidir con la mayor exactitud posible en la frontera de Caya con los soberanos españoles.

La regia comitiva portuguesa iba a desplegar en el viaje tan extraordinaria pompa y lujo que dejaría eco en los anales de los fastos históricos. Se había encomendado su organización al duque de Cadaval auxiliado por D. Tomás de Aragón, D. Luis García de Bivar y D. Luis Rodríguez Correira, poniéndoles a su disposición todo el personal y medios que creyeran necesario sin reparar en gastos. Las dificultades del tránsito rodado eran grandes ya que los mal cuidados caminos reales de entonces quedaban intransitables en aquella estación invernal. Además, se contaba con el obstáculo inicial que representaba el tener que transportar al otro lado del Tajo carrozas, impedimenta, y los millares de personas que integraban el inmenso cortejo (1).

Formaban este los regimientos del ejército que le daban escolta; los caballerizos, cocheros y mozos de estribo que totalizaban nada menos que mil seiscientos; doscientos veinte cocineros, doscientos arqueros, sesenta reposteros, ciento tres mozos para el servicio de los banquetes, y más de mil criados. Destacan principalmente los 170 coches de la Casa real, varios de los cuales pueden admirarse todavía en el museo lisboeta de carrozas.

Acompañaban a los Reyes y sus hijos: El cardenal Cunha e Ataide, el patriarca de Lisboa D. Tomás de Almeida con 77 sacerdotes, la totalidad de los ministros y casi toda la nobleza que ostentaban los apellidos más ilustres de Portugal. Podemos pues decir sin hipérbole que era lo más preclaro de una hidalga nación acompañando a la frontera española su preciado tesoro la princesa María Bárbara, para recibir a su vez en merecido trueque a la infantita María Ana.

(1). Una detallada descripción de este viaje se contiene en la «Historia genealógica da Casa Real Portuguesa» por Antonio Caetano de Sousa, Lisboa 1735.

La que ya era por su matrimonio princesa de Asturias acababa de cumplir 17 años, pues había nacido en Lisboa el 4 de Diciembre de 1711. Hija de D. Juan V y de Doña María Ana de Austria, era nieta del rey Pedro II y del emperador Leopoldo I de Alemania.

Sus primeros años transcurrieron dentro de la estrecha rigidez del protocolo de la corte lusitana, donde se vivía en aquella época lo mismo que en las otras europeas en una verdadera esclavitud, que alcanzaba incluso a los niños, ya que ser príncipe suele llevar incorporado esos inconvenientes.

Adolecen muchos de suponer a las personas reales viviendo entregadas a la disipación y al lujo cuando en realidad estan abrumadas de deberes, y eso incluso los reputados por monarcas absolutos como eran los del siglo XVIII y hasta recientemente los llamados autócratas rusos.

Por ello creo oportuno recordar aquí, la frase que pronunció el último Zar, Nicolás II, al ser destronado por los revolucionarios y reducido a prisión «cuando en mis años de emperador he dejado de ser un prisionero».

Pero como Bárbara estaba dotada de carácter pacífico y tranquilo y amaba el estudio se avino muy bien a las exigencias de la educación esmerada y a la formación cultural. Aprende música, canto, arte, idiomas; todo cuanto hace agradable y sugestivo el trato femenino, formidable pianista interpreta las más difíciles partituras de los grandes maestros que vivían en la tradicional y amable Europa de entonces; componía piezas musicales y nos dicen así mismo sus biógrafos que cantaba con armoniosa voz.

Sus conocimientos en idiomas eran admirables hablando — cosa que envidiarían entendidos humanistas de hoy — el latín, y además el español, francés, italiano y alemán; y había reunido una seleccionada biblioteca prueba de sus aficiones y de la amplitud de sus conocimientos. (1).

(1) Se conserva el catálogo de su biblioteca particular, cuando llegó a ser reina. Constaba de 1.600 volúmenes, entre ellos las obras de Cicerón, Virgilio, Dante, Camoens, La Fontaine, Moliere y Tasso. Abundaban los libros piadosos y de temas históricos: entre ellos las crónicas de los reyes D. Manuel y Don Sebastián, del Cid y de Alfonso VII; y la historia de la Casa Real Portuguesa. Entre los libros que trataban de arte se contaba el «descubrimiento arqueológico de Herculano».

Véase: Fernando VI y Bárbara de Braganza por García Rives, pág. 76. Madrid, 1917.

 

 

Era proverbial su discreción y tacto que la permitían que se tuvieran en mucho sus consejos y Dios la había concedido un gran corazón abierto sobre todo para los necesitados.

Aunque carecía de belleza física su noble porte y elevada estatura la daban natural elegancia.

Reunía pues cualidades que la permitirían en el futuro, cuando llegara a ser reina, laborar por la felicidad de sus súbditos.

Con arreglo al programa acordado, partió el rey D. Juan de Lisboa el día 8 de Enero, atravesando el Tajo en bergantín y desembarcando en Aldea Gallega; le acompañaban su primogénito José, príncipe del Brasil, y muy elevados dignatarios con parte del acompañamiento; y al siguiente día partió la reina con María Bárbara y el resto de la corte.

En Evora el 12 de Enero se reunieron las dos comitivas deteniéndose en esta ciudad el 13 para preparar las siguientes etapas; el 14 el Rey y el Príncipe se adelantaron al Palacio real de Villaviciosa; siguiéndole el 15 la Reina y la Infanta que llegaron allí en medio de gran nevada.

Todo el imponente séquito se puso nuevamente en marcha el 16 de Enero, ofreciendo un espectáculo impresionante para la multitud que acudía de todas las zonas rurales a presenciarlo, llegando a Elvas donde fueron recibidos apoteósicamente a las 5 de la tarde y desde donde pudieron vislumbrar aquella noche las luminarias con que Badajoz recibía a los reyes de España que hacían su entrada en ella en esos momentos.

Felipe V e Isabel de Farnesio, salieron de Madrid el 7 de Enero haciéndolo con anterioridad, escalonadamente, la mayor parte de su comitiva para así obviar las dificultades de alojamiento que ocasionaba tan gran número de personas.

Los primeros en marchar fueron los regimientos de Infantería y Caballería, lo hicieron después las reales guardias españolas mandada por el duque de Osuna y las Walonas a cuyo frente iba el conde de Sobegue, estas fuerzas militares alcanzaban la respetable suma de seis mil hombres los cuales después de haber animado las calles de Badajoz con sus vistosos uniformes se estacionaron entre la Puerta de Palmas y la frontera para cubrir la carrera cuando llegaran los soberanos.

Abandonaron los reyes la capital con un tiempo excepcionalmente despejado y templado en medio de las aclamaciones de los madrileños, les acompañaban: el príncipe de Asturias, la infanta María Ana Victoria, los Infantes D. Carlos y D. Felipe; 20 grandes de España, el cardenal Borja, y una multitud de gentiles hombres, damas, camaristas y azafatas.

Iban además todo el Cuerpo diplomático y les precedían los guardias de Corps «con lucidísimos uniformes nuevos — dice Suárez de Figueroa — cubiertos de ricos galones de plata, casacas, bandoleras y cinturones».

Se hizo el viaje en diez etapas, Casarrubios, Torrijos, Talavera, Oropesa, Navalmoral, Jaraicejo, Villamesía, Medellín, Arroyo de San Serván y Badajoz.

Detalles sobre este viaje pueden leerse en las cartas del marqués de Abrantes a nuestro ministro de Estado, marqués de la Paz. Así sabemos que los pesados carruajes se atascaron en los lodazales de Oropesa sacándolos con gran dificultad, que una fuerte nevada les sorprendió en La Calzada y que fué muy penosa la subida del puerto de Miravete.

En Badajoz se tenían por las autoridades locales noticias constante de la marcha del cortejo real porque en el venía el nuevo gobernador militar de la plaza Don Francisco Martínez de Velasco y Teruada, marqués de Pozoblanco que las comunicaba al cabildo, (1).

La actividad que desplegaba la capital de Extremadura era extraordinaria, se colocaban vistosas colgaduras se levantaban arcos de triunfo, 37 toros se habían traído para lidiarlos en las corridas, varias compañías teatrales fueron contratadas; y la afluencia de forasteros llegados desde los más apartados sitios era grandísima.

 

 

(1) El marqués de Pozoblanco dió cuenta de su nombramiento como gobernador militar en carta escrita en Trujillo el día 10 de Enero y recibida en Badajoz el 14.

 

 

Debemos también hacer constar el número considerable de donativos en especie y metálico de los habitantes de la ciudad y provincia, (1).

Las autoridades rivalizaban en su celo destacando entre todos por su entusiasmo, el prelado D. Pedro Levanto y Vivaldo, varón de destacada personalidad y que ocupó un lugar preeminente en su época.

Había nacido en Sevilla de donde fué obispo auxiliar; abrazó con decisión el partido de Felipe V durante la guerra de Sucesión siendo nombrado arzobispo de Lima en 1709 y meses después virrey del Perú. Partió intrépido para su lejano gobierno, en plena guerra cuando las escuadras enemigas dominaban el Océano, siendo atacado su buque por tres navíos holandeses que lo rindieron conduciéndole prisionero a su país; rescatado regresó a España, donde lo primero que hizo fué rendir en Talavera homenaje a su Rey renunciando muy luego a sus elevados cargos y pasando en 1715 a regir la diócesis pacense.

Aunque se encontraba viejo y achacoso seguía siendo el adalid del trono de los Borbones de los pasados años como lo demostró poniendo su palacio a disposición de los reyes, para que en el se alojaran con comodidad y retirándose a vivir a casa del general D. Alonso de Escobar, su dilecto amigo, (2).

 

(1) Distinguiéndose principalmente el vecino de Fuente de Cantos, D. Alonso del Corro y Guerrero, que hizo donación del grano para mantener los caballos del séquito y venidos los reyes les entregó 400.000 reales de vellón para la armada que se construía por entonces en los puertos de Andalucía. En atención a estas cosas hízole Felipe V, por decreto firmado en Sevilla el 11 de Abril de aquel mismo año merced del título nobiliario de conde de Montalban. Archivo histórico Nacional — legajo 8.977 número 731.

(2) La vida y hechos de D. Pedro Francisco de Levanto y Vivaldo estan consignados en la «Historia Eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz continuación de la escrita por D. Juan Solano de Figueroa» pág. 66.Esta obra ha sido editada en 1945 por la Caja Rural de Badajoz, gracias a las gestiones del presidente del Consejo de Administración, el inolvidable escritor extremeño D. Antonio del Solar Taboada, marqués de Campolataro, que la prologó.

 

Este gesto resolvió en gran manera la instalación de la familia real, pues abriéndose puertas de comunicación entre la residencia episcopal y las casas contiguas en dirección a la plaza de San Juan, que eran del mayorazgo de Cháves, (1) y utilizando además el próximo edificio denominado «Casa pintada» que daba al campo de San Francisco, pudo ofrecérsela amplias y casi con lindantes residencias.

Más en donde la ciudad puso su principal empeño de levantar una construcción digna del fausto suceso fué en la frontera del Caya ya que en aquel lugar se verificaría la entrega de las princesas.

Hacía muchos meses que con cuantiosos recursos se hallaban allí los aposentadores reales y los más destacados alarifes pacenses. (2).

Fruto de su trabajo era el soberbio pabellón levantado sobre el mismo río. Constaba de tres amplios salones, uno en territorio español, otro en portugués y el central más grande en la divisoria fronteriza.

En este último se había colocado una extensa mesa para las deliberaciones y en su derredor sillas, forradas de tisú de plata las que se hallaban en la parte española y de oro las portuguesas. Todas las habitaciones estaban cubiertas de finísimos tapices y cortinajes de damasco carmesí con cenefas de brocado, verde y oro; afirmándose que costó este pabellón más de 6.000 doblones.

Por fin llegó el momento esperado. En las primeras horas de la tarde del 16 de Enero, las salvas de artillería y el repique de las campanas indicaron la proximidad del cortejo real. Un gentío inmenso apiñábase en la carretera de Talavera y se disputaba los lugares preferente para presenciar su paso.

 

 

 

 

 

(1)    Ocupa su lugar la actual casa de los Sres. de Mendoza.

(2)    En «La Historia de Badajoz», de Diego Suárez de Figueroa se dan importantes datos sobre este pabellón.


(3) 

Las autoridades que presididas por el Alcalde Mayor, D. José de Bárcena, y el Alférez Mayor D. Juan de Moscoso, esperaban su llegada a la entrada del término, hicieron entrega a los soberanos de las llaves de la plaza, las que recibieron con sumo agrado y frases laudatorias. (1).

Una vez cumplimentada, la regia comitiva siguió la marcha penetrando en Badajoz por la Puerta de la Trinidad y dirigiéndose al Campo de San Andrés, donde se había levantado un magnífico arco triunfal bajo el que pasaron prosiguieron. hasta el corazón de la ciudad el Campo de San Juan. Una verdadera masa humana cuyo entusiasmo llegaba a su punto álgido la llenaba; enronquecía con sus vivas al Rey, a la Reina y los Infantes, que se confundían con el estampido de los cañones y las campanas de la torre catedralicia, y en tanto pasaba el cortejo lentamente bajo el arco alzado en esta plaza totalmente engalanada. Era la hora de oraciones y anochecía con la rapidez con que acontece en el mes de Enero cuando la familia real llegaba a sus aposentos. Dícennos el libro del Cabildo con el realismo del que escribe cuando acaba de presenciar los hechos:

«A las 7 de la noche se iluminó la torre y toda la circunferencia de la Iglesia, y toda la ciudad hizo lo mismo y habiendo salido al balcón S S. M. M. y A.A. vieron el hermoso castillo de fuego preparado, el cual estuvo muy vistoso, después presenciaron una mascarada que hicieron los gremios, unos a pie y otros a caballo representando uno los reinos y otros vestidos de diferentes animales y cada uno llevaba unas hachas de 4 pabilos para que todo se registrase muy bien y según pasaban hacían su reverencias. (2).

Las miradas se dirigían constantemente hacia los balcones ansiosos todos de contemplar a la Real Familia, pero lo que no podían adivinar es que allí estaba simbolizada Historia de España casi entera del siglo XVIII, pues el príncipe Don Fernando entonces en los umbrales de la adolescencia con sus 15 años sería rey después del dilatado reinado de su padre; y el Infante D. Carlos que aún no había cumplido

 

 

(1)   Archivo del Ayuntamiento — libro de actas — número 49, folio 10.

(2)   Libro del Cabildo, folio 76 y siguientes.

 

 

los 13 sucedería a su hermano en el solio prolongándose su reinado glorioso para España hasta las postrimerías del siglo. En cuanto al infante D. Felipe, más niño aún, por intervención de nuestras armas en Italia llegaría a ser duque de Parma, y D.ª María Ana a la razón de 11 años, futura reina de Portugal vivía en estrecha relación con su patria de nacimiento hasta el extremo que fué factor decisivo en el tratado del Pardo gracias al cual hoy ondea la bandera rojo y gualda en la línea equinoccial. (1).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(1) Este tratado fué negociado en persona por la reina María Ana Victoria, que ya viuda de José I y de avanzada edad no vaciló en trasladarse a Madrid y en entrevistarse con su hermano Carlos III. El tratado fué firmado el 1 de Marzo de 1778, y por él obtuvimos las islas de Fernando Poo y Annobon «y los puertos y costas opuesto a dichas islas». Es decir el territorio de la actual provincia de Río Muni.


 

VII

 

RECEPCIONES DE PRINCESAS EN LA FRONTERA DEL CAYA

Aunque en principio el día 17 iban a verificarse las entregas en Caya aplazáronse éstas por no haber llegado los equipajes de las princesas aunque ya ese día se comenzaron los contactos entre las dos cortes, enviándose a Elvas al duque de Solferino y al conde Montijo, y viniendo a su vez a Badajoz otros embajadores portugueses.

Aquel día y el siguiente permaneció la familia real en la ciudad habiendo por las noches luminarias y desfiles de máscaras y presenciando aquellas desde sus balcones, pero no se celebraron contra lo que afirman la mayoría de los cronistas de estos sucesos, las corridas de toros por la terminante prohibición de Felipe V, que no quería esta clase de festejos, y hubo el Consejo de despedir a los matadores contratados, como puede verse en las actas de las sesiones celebradas en aquellos días. (1).

Puestos finalmente de acuerdo los dos gobiernos por intermedio de sus respectivos ministros de Estados el marqués de Paz y D. Diego de Mendoza, señalóse la tarde del 19 de Enero para hacer la entrega recíproca de las princesas y se tomaron las últimas disposiciones para esta solemnísima ceremonia.

Desde que lució el sol del expresado día todas las sendas y caminos que a Caya conducían se veían invadidos por una innumerable multitud deseosa de dar la bienvenida a la nueva princesa de Asturias y contemplar el hermoso desfile.

En impresionante conjunto las fuerzas militares españolas en número de más de 6.000 hombres cubrían la carrera sin contar la guardia real que escoltaba a los reyes que con su comitiva habían salido de Badajoz a las doce de la mañana, habiéndolo hecho los monarcas portugueses dos horas antes en atención a la mayor distancia que separa a Elvas de la frontera.

 

(1)   Se ha extendido este error por haberlo afirmado así D. Nicolás Díaz en «Fiestas Reales en Badajoz» libro del que otros muchos han tomado sus datos.

 

Los cronistas españoles y portugueses cuentan y no acaban del maravilloso conjunto de los dos cortejos con sus numerosas y doradas carrozas, los lujosos uniformes y los elegantes atavíos de las damas pregonando todo ello la riqueza y poderío de nuestra Patria en cuyos dominios aún no se ponía el sol, y de la nación lusitana poseedora entonces de vastísimos dominios en Asia, en Africa, y en América. (1).

Al pabellón levantado sobre el río Caya llegaron las dos comitivas al mismo tiempo, abriéronse las puertas de los dos lados y las reales familias penetraron en el salón central saludándose y abrazándose los dos reyes con gran cariño. Después se hicieron las presentaciones de las princesas causando general admiración a los portugueses la belleza precoz de D.ª María Ana Victoria e impresionando a los españoles la estatura y noble porte de D.ª Bárbara.

El embajador inglés Keene, que presenció la ceremonia, afirma (2) que la infanta no agradó al príncipe D. Fernando y tomándolo de él otros historiadores lo repiten, pero debe considerarse harto dudosa su opinión dado el profundo amor que desde el primer momento se tuvieron siempre ambos esposos y que les llevaría a no poderse sobrevivir el uno al otro. Creemos más bien que Keene no hizo más que expresar la contrariedad que a su gobierno causara nuestra alianza con Portugal.

Terminados los cumplidos los dos nuevos matrimonios que se veían por primera vez, así como sus padres y hermanos, mantuvieron una animada conversación que se prolongó largo rato. Procedióse después en presencia de los duques de Osuna y Cadaval a dar lectura a las capitulaciones matrimoniales que fueron firmadas por las dos familias. A continuación entraron las camareras mayores duquesa de Montellano, para la princesa de Asturias, y Doña María

 

(1) Se ocupan con extensión de estas ceremonias: Suárez de Figueroa en su «Historia de Badajoz» página 51 y siguientes y el historiador portugués Caetano Beirao en su obra «Cartas da Rainha Doña Mariana Victoria» página 134 y siguientes. Empresa Nacional de Publicidad. Lisboa 1936.

(2) En la carta de Benjamín Keene al caballero La Taye fechada en Badajoz el 20 de Enero de 1729 se dice «me puse ayer de modo que pude observar perfectamente la entrevista de las dos familias y pude advertir que desagradó al príncipe que la miraba como si creyese que le habían engañado.»

de Lencastre y D.ª Ana de Lorena, para la del Brasil, y recibieron a los representantes de los gobiernos y noblezas respectivas que les prestaron acatamiento.

Hubo después una audición musical y al terminar ésta D. Juan V tomó de la mano a María Ana y Felipe V a María Bárbara simbolizando con ello que se les acogía en su nueva patria.

En aquél mismo instante resonaron descargas cerradas de mosquetería de todas las tropas presentes, y los cañones de Badajoz y Elvas rompieron en salvas iluminando en la temprana noche invernal los recintos de las dos plazas fuertes, todo con el fondo unísono y clamoroso de la multitud enardecida que desde los dos estados prorrumpía en prolongadas ovaciones.

Después de concertarse nuevas entrevistas para los días inmediatos vinieron las despedidas y la princesa española partió para Elvas con su esposo el príncipe del Brasil y los monarcas portugueses, y transcurriendo los años, la brillante página que en la historia escribieron José I, cuyo nombre va unido al de su gran ministro Pombal, y la reina María Ana hicieron que se bendijera por todos sus súbditos la alianza matrimonial celebrada.


 

VIII

SOLEMNIDADES EN BADAJOZ

 

María Bárbara marchaba entretanto con todo el cortejo español para Badajoz, cruzando el puente de palmas a las seis de la tarde y dirigiéndose a la catedral para celebrar un Te Deum en acción de gracias.

Había habido empeñada polémica entre el cabildo diocesano y el Patriarca de las Indias y su capilla real, sobre quién debía realizar las funciones religiosas complicado todo por la grave enfermedad del Obispo de Badajoz que no pudo asistir a casi ninguna de ellas.

Aducía el cabildo que a él le correspondía ya que así se hizo en la venida de Don Felipe III en 1619 alegaba por su parte el patriarca que era de su incumbencia por ser Capellán Mayor de S. M.; en este caso así lo disponían las bulas de los pontífices. Mediaron agrias contestaciones pero intervino personalmente Felipe V y con ese carácter de ponderación y ecuanimidad con que suelen estar adornados los reyes resolvió el litigio encomendando las funciones religiosas a ambas jerarquías. (1).

Veamos la llegada de la familia real y el nuevo matrimonio al templo, descrita por un testigo ocular y que puede leerse manuscrita en un apartado del libro del cabildo que creemos inédito y se conserva en el archivo de la Santa Iglesia Catedral. (2).

«Llegaron los alabarderos que tomaron los costados de la Iglesia, los grandes, embajadores y títulos, tras ellos los pajes, S.S. y M.M. y Altezas. Entraron en el Palio que llamaba el Cabildo diocesano, Rey y Reina delante, el Príncipe y la Princesa detrás y detrás los Infantes

 

(1)   Véanse «Libro del cabildo, folios 12 y 13; y la Historia Eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz, continuación de la escrita por D. Juan Solano de Figueroa, pág. 57-60.

(2)   «Venida del Señor Felipe V y de la Señora Doña Isabel Francisca de Parma y de los Srs. Príncipe de Asturias D. Fernando y princesa del Brasil Doña María Ana Victoria e Infantes D. Carlos y Don Felipe, para las entregas en Caya de la Sra. D.ª María Bárbara de Braganza infanta de Portugal y princesa del Brasil en virtud de los casamientos efectuados de estos príncipes de Castilla y Portugal y relación de lo que todo el cabildo executó y pasó en estas funciones» folio 76 y sigs. del libro del Cabildo tantas veces citado.

D. Carlos y D. Phelipe; a este mismo tiempo bajó del altar el Sr. Cardenal Patriarca revestido con báculo y mitra acompañado de sus asistentes se introdujo por medio de la procesión hasta el cancel donde estaba un tapete con dos almohadas, donde se hincaron de rodillas S.S. M.M. y Altezas besaron la Santa Cruz y les dió agua bendita y se retiró con sus ministros al Altar, se levantaron sus M.M. y prosiguió la procesión hasta la capilla mayor. Subieron al Presbiterio colegiales y pajes con los cirios y los señores que no llevaron palio se pusieron en él en dos alas.

Al llegar S.S. M.M. a la capilla Don Alvaro de Mendoza, Sumiller de Cortina quitó el tapiz con que estaba cubierto el sitial y lo entregó a D. Pedro de Medina, ayuda de oratorio y entraron en el sitial S.S. M.M. y altezas».

«Este sitial nos dice la relación que nos ocupa «que estaba situado en medio de la Capilla Mayor y era de tela blanca y flores de oro, sobre el pusieron seis sillas de terciopelo carmesí con galones de oro, las cuatro grandes para S.S. M.M. y para los príncipes, todas iguales y las dos para los Srs. Infantes D. Carlos y Don Felipe más pequeñas. El sitial cogía todo el frente de las gradas del Altar Mayor de modo que llegaba a las dos puertas que salen a las naves y estaba a media vara de la primera grada. Los almohadones largos cogían todo el sitial y eran de tela blanca bordados de oro y plata».

 

En el sitial se colocaron de la siguiente forma: la primera silla de la nave de San Blas la ocupó el Rey; la segunda la Reina; la tercera el Príncipe; la cuarta la Princesa; la quinta el infante D. Carlos y la sexta y última el Sr. D. Felipe; los señores del palio se quedaron con él a la puerta de dicha Capilla Mayor, la que se llenó toda de alabarderos y señores Grandes; hincáronse de rodillas S.S. M.M. y A.A. hicieron oración y su eminencia en medio del altar comenzó el Te deum, cantólo la música de la capilla Real (sin que se necesitase de ella voz e instrumento de la iglesia), que se pusieron en todas las tres tribunas de el coro, por ser más de cuarenta entre instrumentos y voces y habiéndolo acabado de cantar dijo su eminencia las oraciones que proviene el ceremonial y ritual y después tomando báculo y Mitra echó la bendición solemne y acabada, su eminencia echa la venia a S.S. M.M. se retiró a su silla con sus ministros; y S.S. M.M. y A.A. volvieron a salir asistidos del cabildo con su palio en la misma conformidad que a la entrada hasta la misma puerta principal. Salieron de ella y sus pajes y formando su carroza se retiraron a su palacio».

Para festejar tan trascendentales actos como habían tenido lugar aquel día, toda la ciudad se iluminó, se celebró un gran baile de gala en casa del general Escobar, hubo representaciones dramáticas en los dos teatros de la plaza Alta y las Comedias y tres fuentes públicas situadas en la plaza de San Juan, de la Cruz y de los Fonsecas manaron leche y vino. (1).

En honor del nuevo matrimonio efectuóse una vistosa mascarada que presenciaron desde los balcones de su residencia la bendición solemne y acabada, su eminencia echa la venia a S.S. M.M. se retiró a su silla con sus ministros; y S.S. M.M. y A.A. volvieron a salir asistidos del cabildo con su palio en la misma conformidad que a la entrada hasta la misma puerta principal. Salieron de ella y sus pajes y formando su carroza se retiraron a su palacio».

Para festejar tan trascendentales actos como habían tenido lugar aquel día, toda la ciudad se iluminó, se celebró un gran baile de gala en casa del general Escobar, hubo representaciones dramáticas en los dos teatros de la plaza Alta y las Comedias y tres fuentes públicas situadas en la plaza de San Juan, de la Cruz y de los Fonsecas manaron leche y vino. (2).

En honor del nuevo matrimonio efectuóse una vistosa mascarada que presenciaron desde los balcones de su residencia cia, reyes y príncipes. Todos estaban pendientes de estos jóvenes en que se cifraban las esperanzas del futuro, que es alta misión de la realeza asegurar, con los enlaces de sus miembros la continuidad política.

 

 

 

 

(1)   «Noticia histórica de las fiestas reales celebradas en Badajoz» por D. Nicolás Díaz Pérez. Madrid 1899, pág. 64 a 79.

(2)   (1) «Noticia histórica de las fiestas reales celebradas en Badajoz» por D. Nicolás Díaz Pérez. Madrid 1899, pág. 64 a 79.


 

En la siguiente mañana, el cardenal Borja (1) celebró en palacio la misa en que se velaron los príncipes, acto al que asistieron toda la Real familia y la nobleza. Se repitieron en esta jornada y las siguientes iluminaciones y fuegos artificiales y a la noche se les ofreció una serenata en la que hubo gran concurrencia no sólo de españoles sino de portugueses, ya que eran muchos los que se trasladaron a Badajoz para asistir a los festejos.

El día 21 tuvo lugar la gran cacería que Badajoz ofrecía a la Casa Real que asistió en pleno. Ochocientos hombres batieron los montes de Botova, Montijo, Puebla, Talavera, Villar del Rey y Roca y se cobraron un número crecidísimo de reses y piezas de caza menor.

Las entrevistas celebradas con los emisarios portugueses como asimismo las ceremonias de las entregas de las princesas con los laboriosos trámites que los precedieron y principalmente las incidencias sufridas entre el Cabildo diocesano y la Corporación municipal alegando los dos que les asistía el derecho de ser recibidos con prioridad el uno sobre el otro, no habían permitido a Felipe V e Isabel de Farnesio, como era su mayor deseo conceder audiencia especial a las autoridades religiosas y civiles de la ciudad que ellos habían elegido entre todas para los solemnes actos que venimos refiriendo. También los príncipes de Asturias tenían interés en conocer las figuras rectoras de la población que siempre constituiría para ellos el grato recuerdo de estar asociada a su boda.

En atención a estas cosas se fijó la recepción para el 22 de Enero, concurriendo a ella independientemente el Cabildo eclesiástico primero, después la Corporación municipal.

 

 

(1) Don Carlos de Borja Centellas y Ponce de León, es uno de los personajes más relevantes de su época. Hijo del IX duque de Gandía. Notable teólogo y escritor. Fué nombrado en 1705 capellán mayor del rey y vicario general castrense, colaborando estrechamente con el monarca que le envió en los más destacados hechos del reinado de Felipe V pues además de efectuar estos enlaces, figuró en la jura del príncipe de Asturias D. Fernando y en la boda de éste con la infanta de San Ildefonso. Falleció en este Real Sitio.


 

El Cabildo presidido por el Deán don Cristóbal Poo Sotales, ya que el Obispo gravemente enfermo no pudo asistir (1) reunióse en la catedral y desde ella salieron «con manteos y bonetes, los capellanes delante, el pertiguero con su ropa y los Sres. por sus antigüedades en sus coros, el secretario detrás del Cabildo, los sacristanes, clerizones y pajes con manteos y sombreros. Así se llegó a Palacio y se subió a la antesala donde es peró ordenando el cabildo orden de entrar la cual se le dió a la una y veinte».

Por un asistente a esta audiencia (2) sabemos «que en un salón estaban el Rey y la Reina con muchas damas y Sres. detrás, y que las paredes estaban colgadas de rica tapicería de Flandes».

El Deán besó la mano de los monarcas dirigiéndoles una breve salutación, a continuación entraron todos los miembros del cabildo y según iban haciendo pleitesía a los reyes se presentaba expresando su nombre y dignidad. Contestaron los reyes con frases sencillas y sentidas y se retiraron los representantes eclesiásticos, habiendo el palacio, aplazando para el siguiente día la visita a los príncipes. (3).

De la audiencia concedida al Consejo municipal se consignan importantes datos en el libro de actas número 44, en el archivo del Ayuntamiento. (4).

Caballeros y regidores se reunieron en las casas consistoriales, presididos por el Alcalde Mayor, D. José de Bárcena — ya que el gobernador, marqués de Pozoblanco, estaba ocupado en el inmediato servicio real — llevando todos el traje de gala confeccionado expreso para aquellos días. (5).

 

 

 

(1)   El Sr. Obispo había contraído su grave dolencia, que sería mortal, la tarde de las entregas de las princesas en la frontera del Caya a la que asistió con los Reyes. Historia eclesiástica del obispado de Badajoz. página 65.

(2)   El anónimo autor del libro del cabildo citado. Folio 80.

(3)    «Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz», pág. 63.

(4)   Puede leerse el acta de aquella sesión en los folios 23 y 24.

(5)   Consistía éste en vestido con casaca y calzón de terciopelo negro, chupa y vuelta de persiana de color de perla y medias y sombrero negro con plumas blancas.


 

Escoltados por los maceros se trasladaron a Palacio y fueron recibidos «en el salón principal donde estaba el Rey Nuestro Sr. y a su izqda. la Reina Nuestra Señora; y entrando por su orden el Sr. Alcalde Mayor llegó a S.S. M.M. y haciendo tres cortesías hincada (sic) la rodilla en tierra besó la mano de S.S. M.M. y levantándose se puso de pie a un lado dando lectura a un sentido discurso en el que expresó el incomparable gozo de la ciudad con las recíprocas nupcias de Nuestros Serenísimos Príncipes».

 

El Rey respondió con muestras de gran gratitud y pidiendo, como así se efectuó, que le fueran presentados uno a uno los miembros de la corporación.

 

Terminada la audiencia trasladóse el municipio al palacio de los príncipes de Asturias «que es la casa pintada» a la entrada del Campo de San Francisco.

 

Bárbara de Braganza y D. Fernando, les recibieron con gran amabilidad y con ritual semejante les fueron presentados todos. A las palabras del Alcalde Mayor congratulándose por sus nupcias contestaron en términos de afecto y cortesía que impresionaron gratamente a sus sesudos visitantes que acaso no esperaran tal dominio de sí mismos en tan jóvenes adolescentes.

 

Cumplimentaron a continuación a los Infantes D. Carlos y D. Felipe y regresaron después a las casas consistoriales con el mismo acompañamiento con que habían salido.

 

Aquella noche repitiéronse los festejos populares y al siguiente día determinóse el Cabildo diocesano a rendir pleitesía a los príncipes e infantes: dirigióse para ello en demanda de hora al marqués de Cuéllar, mayordomo más antiguo del príncipe y a la duquesa de Montellano, camarera mayor de María Bárbara, los que con gran brevedad respondieron que los príncipes les habían dicho «recibirían al Cabildo a la hora que el Cabildo quisiese». Con tan amable contestación estaban ya todos reunidos en la catedral pasaron a visitarlos inmediatamente a poco más de las once de la mañana con el mismo ceremonial con que se verificó la audiencia de los reyes.

 

Los nuevos esposos luego de escuchar la salutación del Deán pidieron les fueran presentados todos los miembros que lo integraban dándoles gracias por su homenaje.

 

Terminado el acto el cabildo se trasladó a continuación a visitar a los Infantes D. Carlos y D. Felipe con los que repartieron brevemente.

 

Esa misma tarde según previamente habían concertado los reyes de España y de Portugal se trasladaron sin apenas acompañamiento y prescindiendo del protocolo, a la frontera de Caya con sus hijos pues unos y otros deseaban verlos.

 

Allí pasaron la tarde en animada charla amenizada con un intermedio musical y se despidieron con grandísimo afecto a la puesta del sol. Fué pues el encuentro estrictamente familiar en que Juan V y Felipe V se trataron como honrados padres de familia burguesa, con gran contentamiento de sus respectivos súbditos que siempre ha gustado el pueblo de ver en los que los gobiernan ejemplos de sencillez y de armonía conyugal y filial.

 

Después de una nueva cacería efectuada en la Corchuela a la que asistió la corte española; de nuevas luminarias y mascaradas; de dádivas espléndidas en especie y dinero para los menesterosos de la ciudad; se publicó la orden de salida de la corte para Sevilla que debía ir precedida de la despedida oficial de la portuguesa en la frontera del Caya la tarde del 26 de Enero.

 

Otra vez fué pues, el pabellón, levantado sobre el pequeño río, escenario de la reunión de los reyes, príncipes, ministros y nobleza de las dos coronas que se despidieron enmedio de los mayores sentimientos de afecto.

 

Es de notar que los más emocionados fueron Felipe V y Juan V y se comprende. En su juventud se habían combatido al frente de sus ejércitos en los campos de batalla; durante muchos años sus estados habían sido enemigos y ahora su decidido empeño había conseguido realizar: en aras de ello habían entregado los bienes más preciados que los padres pueden dar: sus hijas.

 

Añaden testigos presenciales que permanecieron durante mucho tiempo abrazado el uno al otro prometiéndose firme e indestructible amistad en nombre de las dos gloriosas naciones peninsulares que regían.

 

Llegaba el momento de la partida de Badajoz, ya el 25 lo habían hecho los regimientos de guardias y aposentadores. El 27, jueves, a las dos de la tarde, tras once días de estancia en nuestra capital, partió el real cortejo. Un gentío inmenso llenaba las estrechas calles y coronaba las murallas prolongándose las ovaciones hasta perderse en lontananza por la carretera de Sevilla, los coches, escuadrones de la escolta de caballería y las fuerzas de a pie que lo integraban (1).

 

Ya insertaron los días inolvidables que vivió la capital de Extremadura y los que por su enorme trascendencia incluimos entre los más señalados que ha presenciado en la historia de las relaciones hispano-portuguesas.

 

Pero está incompleto este discurso, si al llegar aquí, no evocara aunque de forma brevísima, la figura de la excelsa dama que Portugal nos entregó.

 

En efecto cuando en 1746 finó el largo reinado de Felipe V y Fernando VI y Bárbara de Braganza ascendieron al trono pudimos admirar las dotes excepcionales de la reina, que en tantas ocasiones aconsejó en su gobierno a aquel buen rey que

 

 

(1) Los reyes se trasladaron a Andalucía para presenciar la llegada de una flota de Indias e impulsar con su presencia la construcción de la nueva escuadra en el astillero construido por el ministro don José Patiño, gran impulsador de nuestra marina.


destacó entre todos los Borbones porque supo darnos, sabiendo resistir a las presiones de las potencias, un dilatado período de paz en que España pudo centrar sus energías en el progreso y bienestar exterior, alcanzando un desarrollo de su potencial económico hasta entonces desconocido.

 

En su matrimonio por su carácter y temperamento llegaron a compenetrarse de tal forma que difícilmente se hallará quienes les supere en el amor recíproco.

 

No nos extrañe pues que cuando se extingue la vida de la reina, Fernando VI no fuera capaz de sobrellevar aquel durísimo golpe.

 

Dicenos Lamartine: «que el amor si es completo, para arrancarlo hay que arrancar el corazón y cuando absorbe los pensamientos y las atenciones todas físicas y espirituales del individuo si le falta el objeto amado puede transformarse en locura».

 

Y esto aconteció con el Rey. Al morir Doña Bárbara, se trasladó al castillo de Villaviciosa de Odón, alejándose cuanto pudo de las proximidades de Madrid que aquella no conocía en él le perseguiría menos su recuerdo; inútil fué que sus ministros le instaran para que regresara a la corte; nada se hizo; abandonó el despacho de los asuntos públicos, se trastornó su mente, alteróse profundamente su salud, ya no se cumplía un año de la pérdida de su esposa idolatrada cuando la muerte le llevaría a reunirse con ella en la tumba.

 

Los regios soberanos duermen el sueño eterno en la iglesia de Santa Bárbara del monasterio de las Salesas Reales; la grandiosa construcción que la reina

 

Bárbara edificó

Bárbara reina

Bárbara gasto

Bárbara reina

 

Creemos que su epitafio puede reunirse en muy pocas líneas afirmando que si Dios no les concedió hijos, hízoles donación de cualidades con las que supieron ser padres amantísimos de todos los españoles.