ALFONSO BULLON DE MENDOZA
C de la Real Academia de la Historia
BADAJOZ
EN LAS
BODAS
REALES DE 1729
D I S C U R S O
Correspondiente a la Apertura del Curso
Académico de 1963 a 1964
en el Instituto de Enseñanza Media
Femenino
BADAJOZ
1963
I
IN MEMORIAM...
Considero deber ineludible de
fraternidad cristiana, en este discurso inaugural del Año Académico, dedicar
mis primeras palabras para rendir homenaje a la memoria de los profesores de
nuestro Centro que han fallecido en el curso anterior.
Y es esta la primera y no
menos eficaz lección que el Instituto ofrece a la juventud ya que la primera
imagen que se presenta a sus ojos es la de la caducidad de la vida terrena con
lo que imperativamente se nos indica a todos la obligatoriedad de practicar las
enseñanzas del Divino Maestro si queremos ser dignos de alcanzar nuestro último
e inmortal destino.
Hemos perdido en el transcurso
de cortos meses dos inolvidables compañeros: D. Joaquín Núñez Coronado, catedrático
de Lengua Francesa, y el padre Jiménez Andrades, profesor numerario de Religión.
Don Sebastián Jiménez
Andrades, nace en la Puebla de Obando, hijo de maestros nacionales, de quienes
recibió su primera educación; ingresa en el Seminario Diocesano y pasa
posteriormente a realizar los estudios teológicos en la Universidad Pontificia
de Comillas, cursándolos con tal aprovechamiento que obtuvo premio
extraordinario.
En 1927 cantó su primera Misa,
y se incorpora al Seminario Pacense como profesor de Teología y vicedirector,
puesto que desempeñó durante muchos años, recibiendo sus enseñanzas numerosas promociones
de sacerdotes hasta que tomó posesión de la canonjía magistral, de nuestra
Catedral, que ha servido has-ta su fallecimiento.
Licenciado en Filosofía y
Letras, había cursado dicha carrera en la Universidad de Salamanca. En 1928 fué
designado profesor adjunto de Religión en el Instituto de Badajoz, ocupando
posteriormente dicha cátedra como numerario, y últimamente al crearse el
Instituto Femenino, optó por desempeñarla en este Centro.
Si se quisiera resumir su vida
en pocas palabras, podríamos decir que fue dechado de sacerdotes y modelo de docentes.
En estrecha colaboración con sus prelados trabajó siempre para bien de la Iglesia
y de la Diócesis, elevó el nivel de las enseñanzas que le fueron encomendadas,
de tal manera, que el modo de explicar de D. Sebastián llegó a ser escuela y
por el profundo conocimiento de las materias que explicaba hacía asequibles
incluso a los menos dotados las más difíciles cuestiones teológicas, así como
la enseñanza de la Religión, en el Instituto sabía hacerla sencilla y amena para
las inteligencias infantiles.
Lo unánimemente respetado y
querido que era en Badajoz el muy Ilustre Señor Jiménez Andrades, se demostró en
la concurrencia extraordinaria que acompañó su entierro que calificamos de apoteosis
de un buen sacerdote y un excelente profesor.
Don Joaquín Núñez Coronado,
vió la luz primera en Montijo, en el seno de noble familia, contándose entre
sus ilustres ascendientes la preclara poetisa Carolina Coronado. Cursó sus
estudios de Bachillerato en este Instituto y la Carrera de Filosofía y Letras,
en la Universidad Hispalense.
En 1932 en brillantes oposiciones
gana la cátedra de Lengua Francesa en el Instituto de Zafra y seguidamente en nuevas
oposiciones en las que obtiene el número uno, la de dicha asignatura en el de
Gijón, figurando en comisión de servicios en el de Villafranca de los Barros.
Al año siguiente le
encontramos en el Instituto de Sevilla y en el mismo curso pasa al de Badajoz
donde ha ejercido su carrera durante muchos años, haciéndolo en los últimos
meses en el recién creado Instituto Femenino al que por sus deseos se traslada.
En estos dos Centros oficiales
ha ostentado la vice-dirección.
Extraordinario profesor y
conocedor expertísimo de su disciplina que exponía en forma metódica y fácil.
La mejor corona de un maestro son sus discípulos; y con decir que discípulos
del Sr. Núñez Coronado han sido todos los estudiantes de enseñanza oficial de
Badajoz durante una generación completa queda destacada la trascendencia de su
labor docente.
Fué autor de libros de textos,
unánimemente apreciados, como lo vemos en el hecho de que fueron adoptados en
numerosos Institutos de España. (1)
Enamorado de la naturaleza
estudia las costumbres de las aves y a las plantas, y practica la caza
destacando como excepcional tirador habiendo ganado preciados trofeos, entre
ellos, el campeonato de Tiro de Pichón de Badajoz; y fué seleccionado para el
equipo español en el del mundo.
Al sobrevenir su fallecimiento
trabajaba en colaboración con su conocido amigo, el conde de Yebes, en la
publicación de una documentadísima obra sobre el Arte venatorio.
(1) Entre otros Gramática de
Lengua Francesa de I, II y III Curso. Y Lecturas Francesas de I y II.
Entendido musicólogo logrará
formar una discoteca de tal calidad, que muy difícilmente se la hallará igual.
Hombre de múltiples aptitudes
dedica sus ratos de ocio a la fotografía y trabajos manuales, en los que se nos
muestra más que como un aficionado, un verdadero profesional.
Don Joaquín Núñez Coronado, ha
legado a los que tuvieron la dicha de tratarlo, la imagen del perfecto
caballero, el modelo del catedrático honorable y por encima de todo el ejemplo
del varón cristiano que a lo largo de su vida ha seguido siempre el camino de
la rectitud.
Descansen en paz.
II
BADAJOZ EN LA HISTORIA DE LAS RELACIONES
CON PORTUGAL
Pasando ahora a exponer el
tema sobre el que ha de versar este discurso, y dentro del orden de estudios de
mi disciplina, he buscado un asunto que guarda estrecha relación con la ciudad
en que nos encontramos, ya que todo centro consagrado a la enseñanza debe de vivir
ligado a su marco geográfico e histórico. Habiéndolo hecho siempre así el Instituto
de Badajoz, a lo largo de su ya dilatada existencia, desde que fué creado por
la Reina Isabel II, ha sabido hacer honor a su elevada jerarquía de primer centro
docente provincial, y por ello, y en este mismo Paraninfo en que nos hallamos, ha
visto congregarse relevantes personalidades, tratarse los temas de máximo interés
local en el mundo de la cultura, y desfilar en las apertura de los cursos académicos
a las sucesivas generaciones de alumnos, de las que han salido los que
alcanzando puestos preeminentes en la Iglesia, en la Administración y en las
Letras, en el ámbito regional, han sido excelentes ejemplo de la unión íntima
del Instituto Pacense con la ciudad y con el territorio del que ella ostenta la
capitalidad.
Ciñéndonos pues a la historia
de Badajoz, voy a ocuparme de un aspecto que considero fundamental y no ha sido
suficientemente realzado, me refiero al papel principalísimo que esta ciudad ha
desempeñado por su posición clave en nuestras relaciones con el país hermano: Portugal.
En efecto Badajoz, tanto por
ser la capital de provincia más próxima al vecino estado como por hallarse
sobre el camino directo que une a las dos grandes ciudades de Madrid y Lisboa,
ha sido en los período de guerra ¿Quién no las tiene con sus vecinos?, plaza
fuerte de donde partían ejércitos y se resistían los ataques de los adversarios
y en los siglos de paz paso obligado de reyes y hombres de Estado que se
dirigían en opuestas direcciones hacia el interior de España o de Portugal.
Y sobre todo en la capital
pacense se han concertado alianzas y firmado tratados que han contribuido de
forma poderosa a crear los vínculos que hoy nos une a la gloriosa tierra
lusitana.
Y esta política no ha podido
ser más acertada, ya que ambas naciones que constituímos una unidad geográfica,
con lazos religiosos, lingüísticos y culturales que heredamos de nuestra madre
común: Roma; hemos realizado con los mismos ideales la epopeya de los grandes
descubrimientos y conquistas en las diversas partes del mundo, siendo difusoras
de la verdad cristiana y de la civilización europea; causas éstas que hoy
defiende heroicamente Portugal en las tierras africanas.
Son muchas las brillantes
páginas de historia que hemos escrito conjuntamente; así en una hora difícil de
la reconquista, cuando la tremenda invasión de los Benimerines amenazaba
gravemente a Castilla, los ejércitos reunidos de ambos países acaudillados por
los dos Alfonsos (1) alcanzan la insigne victoria del Salado, aniquilando para
siempre el empuje de la Media Luna. Y si fueron los nautas españoles los
primeros que dieron la vuelta al orbe, aquella expedición fue dirigida por el
portugués Magallanes, hasta que halló la muerte. Y fueron los lusos Quiros y
Vaez de Torres, los que con naves y tripulaciones hispanas alcanzaron los
primeros las tierras australes. Y si volvemos nuestros ojos a la provincia portuguesa
de la India víctima de brutal agresión nos encontramos, que si Goa fué
conquistada para Portugal por Alfonso de Albuquerque, la ganó para Cristo San
Francisco Javier (2).
(1) Los Reyes Alfonso XI «El
Justiciero» de Castilla y Alfonso IV «El Bravo», de Portugal.
(2) La agresión se perpetró en
Diciembre de 1961 con oprobio para las grandes potencias que tácitamente lo
consintieron.
En la imposibilidad de hacer
un bosquejo en un discurso de tiempo forzosamente limitado, de los tratados que
a lo largo de las centurias las patrias de Camoens y Cervantes han concertado
en Badajoz, he resuelto ocuparme del que en mi opinión se cuenta entre los de
más importancia por que representó el fin de larga hostilidad y sentó las bases
de una prolongada unión de muchos años.
Y también ha influido en mi
ánimo que hallándonos en el que es hoy Instituto de Enseñanza Media Femenino,
parece sumamente indicado tratar de una alianza que se asentaba en los dobles
desposorios de dos jóvenes excelsas que simbolizaban en Bárbara de Braganza y
María Ana de Borbón, a cada una de las dos naciones en que habían nacido.
Retrocedamos pues a aquellas
fechas y expliquemos tan señalados sucesos en que Badajoz jugó un papel
capitalísimo ya que aquí vinieron la familia real española con su corte y
ministros, fué en la frontera del río Caya donde se efectuó la entrega de ambas
princesas y fué también este punto adonde concurrieron los reyes de Portugal
con su gobierno.
III
RUPTURA DE LA ALIANZA CON FRANCIA
Finalizaba el primer cuarto
del siglo XVIII y regía los destinos de España el fundador de la dinastía
borbónica, Felipe V. Atento siempre este monarca a reforzar la alianza con
Francia, la nación en que había nacido, concertó un doble enlace matrimonial:
el de su hijo primogénito Luis con la princesa Luisa Isabel, hija del Duque de
Orleans, a la sazón Regente de Francia, y el de su hija María Ana Victoria, con
el entonces rey niño Luis XV.
En cumplimiento de estas
capitulaciones vino a Madrid la princesa francesa y efectuados sus desposorios
con Luis, llegaría a ser muy en breve bien que por tiempo fugaz, reina de
España; y María Ana se trasladó a París. Esta infantita hija del segundo
matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio, había nacido el 31 de Mayo de
1718 por lo cual al ser lle vado a Francia contaba sólo 4 años, obedeciendo su
viaje en tan temprana edad a que se deseaba que recibiera allí su educación en
tanto llegara el momento de contraer matrimonio (1).
La íntima alianza entre las
dos naciones aún va a reforzarse más con el compromiso matrimonial de una
segunda hija del Regente Orleáns, con el Infante don Carlos, el hijo
primogénito de la Farnesio y Felipe V; viniendo a Madrid la princesa francesa
para ser formada en la corte española.
(1) María Ana Victoria, pese a
sus cortos años maravilló a todos por el aplomo y soltura con que desempeñaba
su papel hasta el extremo de que su aya, la duquesa de Ventadour, escribió a
Isabel de Farnesio «Yo no creo sea posible encontrar en el mundo una niña más
gentil y más inteligente que nuestra pequeña infanta, hace reflexiones como una
persona de treinta años». (Carta de 25 de Marzo de 1722).
Todos estos enlaces
matrimoniales parecían asegurar, tanto la tradicional amistad hispano-francesa
como la continuidad de la dinastía borbónica en ambos reinos y por ello el
monarca español se apresuró a poner en práctica una idea largo tiempo
acariciada; abandonando la pesada carga del timón del estado abdicando la
corona en el Príncipe de Asturias, Luis, y se retiró a descansar a San Ildefonso,
cuyo soberbio palacio y bellísimos jardines se nos muestra como el gran legado
artístico monumental del primero de los Borbones (1).
Pero Luis I, falleció a los
siete meses de reinado, llevándose consigo el amor y las esperanzas de sus
súbditos y Felipe V vióse obligado a volver a empuñar el Cetro.
Al año siguiente, en 1725, iba
a experimentar el total fracaso de su política matrimonial con la casa real de
Francia.
Había muerto el duque de
Orleáns y acababa de alcanzar la mayoría de edad Luis XV, cuando sufrió esta
grave enfermedad a consecuencia de la cual quedó tan quebrantada su salud que
se temía un funesto desenlace.
El duque de Borbón, nuevo
primer ministro, cuyas directrices políticas no coincidían con las del Regente,
receloso de que falleciera antes de efectuar su matrimonio con María Ana, que
tenía entonces sólo 7 años, con el mayor sigilo, concertó la boda del rey con
la princesa polaca María Leczinsky, cuya edad prometía rápida sucesión, y
anulando el compromiso con España devolvieron a ésta la princesa que llegó a
Madrid el 30 de Mayo de 1725.
(1) Felipe V, adquirió los
terrenos en el que alzó el palacio y parte de los jardines a los monjes
Jerónimos que en aquel hermoso rincón de la sierra poseían un convento dedicado
a San Ildefonso y una pequeña granja, razón de la cual se debe que a este Real
sitio se le conozca indistintamente por los dos nombres.
Los españoles reaccionaron
enérgicamente contra tan grave falta a la palabra empeñada hecho explicable en
un pueblo caballeresco que veía atropellada a una tierna niña, se produjeron
violentas manifestaciones populares, y las relaciones diplomáticas se
rompieron. El concertado matrimonio del infante D. Carlos con la hija del
Regente Orleáns se deshizo, y esta princesa y Luisa Isabel, la reina viuda de
Luis I, fueron obligadas a regresar a Francia.
Felipe V haciendo honor al
sobrenombre del «Animoso», que supo merecer en los difíciles días de la guerra
de Sucesión en que tan cerca estuvo de perder el trono, comenzó con rapidez a
buscar alianzas con otras naciones europeas.
IV
LOS DOBLES MATRIMONIOS ENTRE
LAS CASAS DE BORBON Y
BRAGANZA
Enemiga de Francia era a la
sazón Austria, gobernada por Carlos VI, que no olvidaba pudo haber sido rey de
España, si Luis XIV no consiguiera, primero con sus hábiles gestiones políticas
y después con sus ejércitos el triunfo de los Borbones.
Por ello el gobierno español
decidió ponerse directamente en contacto con aquél emperador.
Se entablaron pues
negociaciones alma de las cuales fué el célebre aventurero holandés, barón de
Ripperdá, que con omnímodos poderes de Felipe V se trasladó a Viena e hizo a
Carlos VI proposiciones para una alianza militar, concertándose al mismo tiempo
los enlaces de los hijos de Isabel de Farnesio, con archiduquesas austriacas.
Francia, alarmada, buscó el apoyo de Inglaterra que como principal interesada
en aquella centuria de mantener el equilibrio europeo lo veía roto con la
alianza de dos tan poderosos estados.
España y Austria no se
detuvieron y firmaron una serie de tratados, unos de índole comercial y otros
con miras a una posible guerra, llegándose a pensar en una expedición para
desembarcar en las islas Británicas un ejército y provocar un alzamiento en
favor de Jacobo Estuardo, el ejemplar «Caballero de San Jorge», al que en
derecho legítimo correspondía el trono de Inglaterra y que se hallaba en el
exilio, al que fué arrojado su padre y donde seguirían viviendo sus hijos, ya
que todos aquellos príncipes prefirieron el destierro de su patria por ser
católicos a una corona si practicaban el Protestantismo. (1)
(1)
Con este fin se habían concentrado en Galicia doce mil hombres al mando de D.
Luis de Córdoba, y se equiparon buques de guerra para transportarlos,
Inglaterra, sintiéndose
amenazada, firmó con Francia y Prusia el tratado de Hannover y movilizó tres
escuadras y en 1.727 un ejército español pasó a la acción y bloqueó Gibraltar,
cuya posesión ha sido y es legítima aspiración de nuestra patria.
La guerra parecía inminente
cuando la caída de Ripperdá, víctima de sus intrigas y falsedades, a las que
debió cambiar su sitial de Ministro Universal por la poco apetitosa celda
penitenciaria en el Alcázar de Segovia; y sobretodo el nuevo gobierno formado
en Francia, sucediendo al duque de Borbón, el cardenal Fleury que se apresuró a
restablecer relaciones diplomáticas con España y medió entre ésta y el Reino
Unido, condujeron al armisticio entre las dos naciones retirándose las fuerzas
militares que sitiaban Gibraltar y despejándose los cargados nubarrones que se
cernían sobre Europa.
Simultáneamente a todos estos
sucesos se habían establecido relaciones con Portugal.
Con el vecino país vivíamos en
estado de latente hostilidad, nada menos que desde el año 1640, fecha en que
Portugal proclamó su separación de España, hecho que originó una larga guerra
de 28 años que asoló las zonas límites de los dos estados. La paz de 1.668, por
la que reconocimos la independencia portuguesa fué efímera, y principalmente la
guerra de Sucesión, en que la nación vecina reconoció al Archiduque y tropas
lusitanas combatieron en nuestro suelo, había nuevamente agudizado la
hostilidad a la que sólo en teoría puso fin el tratado de Utrecht.
El haber reanudado las relaciones
con Portugal, los tratados que se estipularon como consecuencia y su
culminación en las dobles bodas reales de 1729, son golpes maestros de
habilidad diplomática que honran por igual a los monarcas Juan V y Felipe V,
que supieron advertir con clarividente visión las ventajosísimas consecuencias
de duradera y leal amistad entre los dos reinos hermanos de la Península
Ibérica.
La iniciativa partió del
Borbón español que en cuanto se produjo el rompimiento del compromiso
matrimonial de su hija María Ana, se dirigió al rey de Portugal ofreciéndole la
mano de esta infanta para su primogénito José, príncipe del Brasil; y
solicitando igualmente la de la hermana de éste, María Bárbara para el príncipe
de Asturias D. Fernando.
Como complemento de tales proyectados
enlaces solicitaba España una alianza ofensiva y defensiva y la cancelación de
los problemas pendientes entre las dos naciones.
Habiéndose por el consejo de
estado portugués, admitidose la conveniencia de entablar negociaciones sobre
tan importantes extremos, Juan V, designó como embajador extraordinario cerca
de la corte española al hábil diplomático José de Cunha Brochado, al que dió
amplias instrucciones que se pueden concretar en tres puntos (1): el primero el
de los compromisos matrimoniales; el segundo el de la doble alianza y el
tercero el del arreglo de los problemas en litigio entre los cuales destacaba
la reivindicación por España de la Colonia del Sacramento, territorio tan disputado
en aquél siglo por su estratégica situación en el estuario del río de la Plata,
frente a Buenos Aires, y que conquistado por nuestras armas en la guerra de
Sucesión nos vimos precisados a entregar a Portugal por el tratado de Utrecht.
(2).
Reclamabamos así mismo la
devolución de tres navíos que, portadores de valiosísima carga habían caído en
manos de los marinos lusos antes de aquella guerra.
(1). Carta instrucción del
24 de Mayo de 1725 para que ajustase «entre esta coroa e a de Castella huma liga
deffensiva e offensiva e afiançar esta com os recíprocos matrimonios; do
Principe meu sobre todos muito amado e prezado filho com a Infanta daqueste
Reino e o a da Infanta minha muito amada e prezada filha com o Principe de
Asturias».
(2) La Colonia del Sacramento
había sido fundada en 1680 por D. Manuel Lobo, gobernador de Río de Janeiro;
conquistada en aquel mismo año por los españoles fué devuelta a Portugal en
1681. Durante la guerra de Sucesión fué reconquistada por el gobernador de
Buenos Aires D. Alfonso de Valde-Inclan.
El Ilustre investigador
D. Esteban Rodríguez Amaya en su trabajo «Felipe V y Portugal» publicado en la
revista de E. E. boletín del año 1945, comete el error de suponerla en este
tiempo en poder de Portugal.
Para
conocer detalladamente la historia de este territorio puede consultarse el
excelente trabajo del catedrático de Instituto, D. Antonio Bermejo de la Rica
«La Colonia del Sacramento, su origen desenvolvimiento y vicisitudes de su
historia».
Cunha Brochado llegó a Madrid
y muy en breve se trasladó en compañía del embajador de su patria en la
capital, Guedes Pereira, a la residencia veraniega de los reyes, el palacio de
La Granja en cuyos hermosos salones fueron recibidos con gran amabilidad por
los reyes.
Puestos en contacto con los hombres de Estado
españoles se dieron comienzo a las negociaciones, que fueron muy lentas, a
causa de la discrepancia surgida al negarse Portugal a concertar alianza alguna
que pudiera romper su tradicional amistad con Inglaterra, y ya hemos visto como
esta gran potencia marítima estrechaba por aquellos días sus lazos con Francia,
nación contra la que iba dirigido el pacto estipulado con Austria y en el que
se pretendía la inclusión de Portugal.
Las dificultades llegaron a un grado máximo y para
zanjarlo se resolvió tratar únicamente de los matrimonios entre los príncipes,
punto en el que coincidían los deseos de ambos gobiernos por lo que quedó
decidido con rapidez, anunciándose públicamente, con gran regocijo.
En lo tocante a la alianza militar y arreglo de los
problemas pendientes aplazóse su discusión para tratarlos en Viena donde ya se
hallaban reunidos los ministros imperiales con los embajadores españoles.
Los enviados portugueses supieron cumplir con gran
habilidad las órdenes de su rey de mostrarse favorables y seguir de cerca las
negociaciones con España y Austria, pero sin comprometerse firmemente en
alianza alguna hasta que se despejara totalmente la actitud inglesa.
Pasaron largos meses en estas circunstancias, se llegó
al estado de beligerancia de España con Inglaterra y cuando parecía que la
guerra iba a generalizarse y por tanto se hacía inaplazable una decisión
portuguesa, el armisticio del 13 de Julio de 1727, al que antes hemos aludido,
representando un cambio de signo político para los reunidos en Viena les
permitieron llegar a feliz solución en lo concerniente a la alianza Ibérica.
(1).
(1) Por lo que hace a la Colonia del Sacramento quedó
en poder de Portugal hasta que por nueva transacción amistosa nos fuera
devuelta en 1750.
Entregado este territorio, nuevamente a Portugal no
fué definitivamente de España hasta 1777 en que la conquistó D. Pedro de
Ceballos, primer virrey del Río de la Plata.
Cuando esto ocurrió ya se encontraba en Madrid el
aristócrata lusitano, marqués de Abrantes, que había sido designado por D. Juan
V, embajador especial para solicitar la mano de la Infanta María Ana y celebrar
los desposorios; y asimismo había llegado a Lisboa el noble español marqués de
los Balbases con idéntica misión respecto a la Infanta María Bárbara.
Estos embajadores desenvolvieron sus simpáticas
gestiones en medio de grandes fiestas que en su honor organizaron los dos
gobiernos, entusiasmados de que los lazos del amor entre sus familias reales
constituyeron en adelante las sólidas bases en que descansara la deseada
amistad entre sus pueblos.
Los esponsales de D.ª María Ana, celebráronse el
segundo día de la octava de la Navidad, por la tarde, en el gran salón del
Palacio Real, con asistencia de los soberanos, todos los ministros y
representasión de la nobleza. Dió la bendición el cardenal Borja y durante tres
días se sucedieron festejos tan extraordinarios que durante muchos años
quedaron grabados en la memoria de los madrileños.(1)
La petición de la mano de la
infanta portuguesa se efectuó en Lisboa por el marqués de los Balbases, el día
de Reyes de 1728, con las ceremonias acostumbradas. Otorgáronse las
capitulaciones matrimoniales el día 10 y después de firmadas pasaron nuestros
embajadores a reconocerla como Princesa de Asturias, quedando encantados de la
cordialísima forma y de la sencillez con la que fueron acogidos por D.ª
Bárbara, a la que hicieron entrega de la joya que la enviaba su prometido y que
consistía en su retrato guarnecido de brillantes de sumo precio.
(1) La
detallada relación de estos hechos puede leerse en el libro de D. A. Rodríguez
Villa «La Embajada extraordinaria del marqués de los Balbases» publicado en
Madrid en 1872.
Tuvieron lugar los desposorios
el día siguiente, domingo 11 de Enero, representando al príncipe D. Fernando,
el rey don Juan V y solemnizándose la alianza con la pompa correspondiente a la
ostentación de aquel monarca que ha pasado a la historia como excepcional
organizador de recepciones y festejos, a lo que le ayudó sobremanera el haberse
descubierto en su reinado riquísimas minas de oro y diamantes en el Brasil, que
hicieron fabulosamente rica a la casa de Braganza (1).
Realizados los matrimonios
sólo quedaba la entrega de las princesas que se fué difiriendo por más de un
año, cosa que no debe extrañarnos si se tiene en cuenta la corta edad de los
contrayentes ninguno de los cuales llegaba a los 18 años, además Felipe V y
Juan V, pensaban acudir con sus cortes personalmente a recibir a las infantas y
hacer entrega de sus hijas, y había que esperar que los arduos problemas de la
administración del Estado les dejaran tiempo libre para realizar el viaje,
máximo teniendo en cuenta los complejos problemas que este originaba con el
numeroso séquito, fuerzas militares y pesadísima impedimenta que requerían los
regios cortejos en aquella época.
recibir a las infantas y hacer
entrega de sus hijas, y había que esperar que los arduos problemas de la
administración del Estado les dejaran tiempo libre para realizar el viaje,
máximo teniendo en cuenta los complejos problemas que este originaba con el
numeroso séquito, fuerzas militares y pesadísima impedimenta que requerían los
regios cortejos en aquella época.
(1) En
1728 se descubrieron ricos placeres auríferos en la meseta de Matto Groso; 10
años después Fonseca Lobo dió conocimiento al rey de Portugal de las minas de
diamantes halladas en Minas Geraes. La región de los diamantes fué declarada
propiedad de la corona portuguesa. Hasta el descubrimiento de las minas de
Kimberley proveían casi exclusivamente a todo el mundo.
V
PREPARATIVOS EN BADAJOZ PARA
RECIBIR A LA FAMILIA REAL
Habiéndose señalado finalmente
la entrega de las dos princesas para comienzos del nuevo año de 1729 e
indicándose como punto en que se efectuaría la frontera del río Caya adonde
concurrirían los dos monarcas desde Badajoz y Elvas lugares en que se alojarían
durante esos días, comenzó nuestra ciudad los febriles preparativos para la
recepción de la corte, al mismo tiempo que España entera y aún lasnaciones
europeas concentraban su atención en el acontecimiento que por obra y gracia
del Rey iba a sacar a Badajoz de la tranquila vida de tantas otras capitales de
provincia.
Contaba entonces la capital
extremeña unos quince mil habitantes; Capitanía General, asiento de numerosa
guarnición, con su amurallado recinto erizado de cañones, sus fuertes
exteriores; tenía acentuado carácter militar, ostentando el gobernador de la
plaza que solía ser general de artillería, la suprema autoridad.
Como las demás ciudades de su
tiempo contaba con gran cantidad de conventos (13 en total) e iglesias,
presididas por la ya familiar silueta de la Catedral, Era reconocida su riqueza
agropecuaria en las que representaba una fase característica la trashumancia.
(1).
Al conocerse la venida de los
reyes se había reunido en sesión extraordinaria el 12 de Febrero de 1728, el
cabildo municipal, convocado por el gobernador militar, el mariscal de Campo D.
Diego González, acordándose textualmente «que siendo esta ciudad
(1) Para conocer detenidamente
cómo era entonces Badajoz debe examinarse la obra extractada de D. Diego Suárez
de Figueroa «Historia de la ciudad de Badajoz» editada en Badajoz en 1916,
páginas 17 al 29.
fronteriza del otro Reino de
Portugal en donde se habrán de hacer las demostraciones que habrán de executar
los portugueses tenía que destacar por sus demostraciones de lealtad y celo y
las que ha acostumbrado en semejantes casos con las personas reales». (1).
Pero para que los ciudadanos
pacenses pudieran realizar con todo esplendor la recepción y principalmente el
alojamiento de toda la Corte se necesitaba disponer de cuantiosas sumas y la
capital no las tenía porque como se expuso en aquella sesión los había en su
totalidad gastado en la guerra de Sucesión en la que heroicamente defendió el
trono de los Borbones.
Había que arbitrar un medio y
por ello en la junta se acordó y así se hizo, dirigirse al Rey pidiéndole
autorización «para imponer sobre propios y baldíos treinta mil ducados de censo
para desempeñar tan preciosa obligación con el lucimiento correspondiente».
(2).
Larga tramitación tuvo esta
solicitud que puede seguirse por el curioso investigador examinando en el
archivo del Ayuntamiento en la estantería 13, el legajo 108, en que se
especifican las facultades concedidas por el Rey autorizando el Censo, primero
hasta «siete u ocho mil ducados» después «hasta cuatro o cinco mil más»
añadiendo la comunicación real fechada en Madrid el 22 de Diciembre de 1728,
que asimismo podrá emplearse ésta cantidad «en la composición y repaso del
camino desde la villa de Talavera a dicha ciudad (se refiere a Badajoz) y desde
ella a la frontera de Caya».
Sin embargo como la
autorización del censo fué tan tardía, en nombre de Badajoz se dirigió al
Secretario de Cámara del Rey, D. Ignacio González Blanco, diciendo «que es
sumamente dificultoso que pueda buscarse en tan breve tiempo el dinero y por
ello se dé licencia para que se pueda usar de cualesquiera caudales los más
prontos que se hallen aunque estén destinados para otras funciones, hasta la
totalidad de la cantidad concedida, con la condición de reintegrarlos luego que
se haga la composición del censo y se cobren los arriendos».
(1)
«Facultades concedidas por Felipe V a la ciudad de Badajoz para imponer sobre
propios y baldíos treinta mil ducados de censo». Archivo del Ayuntamiento
estantería 13, legajo 108.
(2)
Id. Id.
El monarca dió su autorización
inmediatamente (1), y quedó pues resuelta la candente cuestión económica.
Para conocer detenidamente los
preparativos que hizo la capital de Extremadura con motivo de la venida de S.S.
M.M. hemos examinado en el Archivo municipal los libros de actas núm. 48
correspondiente al año 1728, y el núm. 49 correspondiente al 1729, y en el
archivo de la Catedral el libro del Cabildo correspondiente a esas fechas (2).
En los folios amarillentos por el transcurso del tiempo de los mencionados
manuscritos podemos advertir que no se reparó en medios para que la recepción,
el alojamiento y la manutención de los Reyes y de su séquito fueran dignos de
la ciudad. En las casas consistoriales situadas en aquél entonces en la plaza
Alta las reuniones celebradas con el exclusivo fin de tratar de la regia visita
eran frecuentísimas y también en la catedral se congregaba el Cabildo
eclesiástico. Los pueblos de la provincia acudían con la producción agrícola y
ganadera de sus ubérrimos términos; los vecinos de Badajoz rivalizaban en
ofrecer sus casas para alojamiento y hasta el Sr. Obispo D. Pedro de Levanto y
Vibaldi, cedió su palacio.
Se nombraron las comisiones
que debían visitar a los reyes e infantes confeccionándose para todas las
autoridades trajes para este fin. Y se trajeron colgaduras para los edificios
públicos de Sevilla, Jerez de los Caballeros y Zafra. (3).
Según se acercaba la fecha el
entusiasmo crecía; así en el acta de la sesión del Ayuntamiento del 11 de Enero
se dice textualmente: «que todos están deseosos de ejecutar las demostraciones
más grandes por la felicidad que causa el extraordinario regocijo que para
todos sus súbditos es la adorable presencia de sus Majestades y Serenísimos
Príncipes e Infantes».
Era la llegada de estas
últimas la que despertaba principalmente el fervor popular ya que la entrega de
las Infantas hacían realidad los desposorios y en estas ocasiones siempre a lo
largo de los siglos han vibrado los sentimientos tradicionalmente monárquicos
de los españoles.
(1) Carta
de 20 de Diciembre de 1728 fechada en Madrid.
(2) «Libro
del Cabildo pleno que empieza en 23 de Junio de 1728 y fenece en 21 de Abril de
1730». Archivo Santa Iglesia Catedral.
(3) «Se
acordó traer de Sevilla la cantidad de varas de damasco carmesí que es menester
para colgaduras». Sesión del Cabildo eclesiástico de 24 de Diciembre de 1728.
VI
LAS
JORNADAS REALES A BADAJOZ Y A ELVAS
A
mediados de Diciembre de 1728, el gobierno español comunicó oficialmente al
embajador extraordinario de Portugal, marqués de Abrantes, que la salida de la
corte para Badajoz tendría lugar el 7 de Enero, y al tener conocimiento de este
hecho D. Juan V dispuso su partida para Elvas el día 8, a fin de coincidir con
la mayor exactitud posible en la frontera de Caya con los soberanos españoles.
La
regia comitiva portuguesa iba a desplegar en el viaje tan extraordinaria pompa
y lujo que dejaría eco en los anales de los fastos históricos. Se había
encomendado su organización al duque de Cadaval auxiliado por D. Tomás de
Aragón, D. Luis García de Bivar y D. Luis Rodríguez Correira, poniéndoles a su
disposición todo el personal y medios que creyeran necesario sin reparar en
gastos. Las dificultades del tránsito rodado eran grandes ya que los mal
cuidados caminos reales de entonces quedaban intransitables en aquella estación
invernal. Además, se contaba con el obstáculo inicial que representaba el tener
que transportar al otro lado del Tajo carrozas, impedimenta, y los millares de
personas que integraban el inmenso cortejo (1).
Formaban
este los regimientos del ejército que le daban escolta; los caballerizos,
cocheros y mozos de estribo que totalizaban nada menos que mil seiscientos;
doscientos veinte cocineros, doscientos arqueros, sesenta reposteros, ciento
tres mozos para el servicio de los banquetes, y más de mil criados. Destacan
principalmente los 170 coches de la Casa real, varios de los cuales pueden
admirarse todavía en el museo lisboeta de carrozas.
Acompañaban
a los Reyes y sus hijos: El cardenal Cunha e Ataide, el patriarca de Lisboa D.
Tomás de Almeida con 77 sacerdotes, la totalidad de los ministros y casi toda
la nobleza que ostentaban los apellidos más ilustres de Portugal. Podemos pues
decir sin hipérbole que era lo más preclaro de una hidalga nación acompañando a
la frontera española su preciado tesoro la princesa María Bárbara, para recibir
a su vez en merecido trueque a la infantita María Ana.
(1). Una detallada descripción de este viaje se
contiene en la «Historia genealógica da Casa Real Portuguesa» por Antonio
Caetano de Sousa, Lisboa 1735.
La que ya era por su
matrimonio princesa de Asturias acababa de cumplir 17 años, pues había nacido
en Lisboa el 4 de Diciembre de 1711. Hija de D. Juan V y de Doña María Ana de
Austria, era nieta del rey Pedro II y del emperador Leopoldo I de Alemania.
Sus
primeros años transcurrieron dentro de la estrecha rigidez del protocolo de la corte
lusitana, donde se vivía en aquella época lo mismo que en las otras europeas en
una verdadera esclavitud, que alcanzaba incluso a los niños, ya que ser
príncipe suele llevar incorporado esos inconvenientes.
Adolecen
muchos de suponer a las personas reales viviendo entregadas a la disipación y
al lujo cuando en realidad estan abrumadas de deberes, y eso incluso los
reputados por monarcas absolutos como eran los del siglo XVIII y hasta
recientemente los llamados autócratas rusos.
Por
ello creo oportuno recordar aquí, la frase que pronunció el último Zar, Nicolás
II, al ser destronado por los revolucionarios y reducido a prisión «cuando en
mis años de emperador he dejado de ser un prisionero».
Pero
como Bárbara estaba dotada de carácter pacífico y tranquilo y amaba el estudio
se avino muy bien a las exigencias de la educación esmerada y a la formación
cultural. Aprende música, canto, arte, idiomas; todo cuanto hace agradable y
sugestivo el trato femenino, formidable pianista interpreta las más difíciles
partituras de los grandes maestros que vivían en la tradicional y amable Europa
de entonces; componía piezas musicales y nos dicen así mismo sus biógrafos que
cantaba con armoniosa voz.
Sus conocimientos en
idiomas eran admirables hablando — cosa que envidiarían entendidos humanistas
de hoy — el latín, y además el español, francés, italiano y alemán; y había
reunido una seleccionada biblioteca prueba de sus aficiones y de la amplitud de
sus conocimientos. (1).
(1) Se conserva el catálogo de su biblioteca
particular, cuando llegó a ser reina. Constaba de 1.600 volúmenes, entre ellos
las obras de Cicerón, Virgilio, Dante, Camoens, La Fontaine, Moliere y Tasso.
Abundaban los libros piadosos y de temas históricos: entre ellos las crónicas
de los reyes D. Manuel y Don Sebastián, del Cid y de Alfonso VII; y la historia
de la Casa Real Portuguesa. Entre los libros que trataban de arte se contaba el
«descubrimiento arqueológico de Herculano».
Véase:
Fernando VI y Bárbara de Braganza por García Rives, pág. 76. Madrid, 1917.
Era
proverbial su discreción y tacto que la permitían que se tuvieran en mucho sus
consejos y Dios la había concedido un gran corazón abierto sobre todo para los
necesitados.
Aunque carecía de belleza
física su noble porte y elevada estatura la daban natural elegancia.
Reunía
pues cualidades que la permitirían en el futuro, cuando llegara a ser reina,
laborar por la felicidad de sus súbditos.
Con arreglo al programa
acordado, partió el rey D. Juan de Lisboa el día 8 de Enero, atravesando el Tajo
en bergantín y desembarcando en Aldea Gallega; le acompañaban su primogénito
José, príncipe del Brasil, y muy elevados dignatarios con parte del
acompañamiento; y al siguiente día partió la reina con María Bárbara y el resto
de la corte.
En
Evora el 12 de Enero se reunieron las dos comitivas deteniéndose en esta ciudad
el 13 para preparar las siguientes etapas; el 14 el Rey y el Príncipe se
adelantaron al Palacio real de Villaviciosa; siguiéndole el 15 la Reina y la
Infanta que llegaron allí en medio de gran nevada.
Todo
el imponente séquito se puso nuevamente en marcha el 16 de Enero, ofreciendo un
espectáculo impresionante para la multitud que acudía de todas las zonas
rurales a presenciarlo, llegando a Elvas donde fueron recibidos apoteósicamente
a las 5 de la tarde y desde donde pudieron vislumbrar aquella noche las
luminarias con que Badajoz recibía a los reyes de España que hacían su entrada
en ella en esos momentos.
Felipe V e Isabel de
Farnesio, salieron de Madrid el 7 de Enero haciéndolo con anterioridad,
escalonadamente, la mayor parte de su comitiva para así obviar las dificultades
de alojamiento que ocasionaba tan gran número de personas.
Los
primeros en marchar fueron los regimientos de Infantería y Caballería, lo
hicieron después las reales guardias españolas mandada por el duque de Osuna y
las Walonas a cuyo frente iba el conde de Sobegue, estas fuerzas militares
alcanzaban la respetable suma de seis mil hombres los cuales después de haber
animado las calles de Badajoz con sus vistosos uniformes se estacionaron entre
la Puerta de Palmas y la frontera para cubrir la carrera cuando llegaran los
soberanos.
Abandonaron
los reyes la capital con un tiempo excepcionalmente despejado y templado en
medio de las aclamaciones de los madrileños, les acompañaban: el príncipe de
Asturias, la infanta María Ana Victoria, los Infantes D. Carlos y D. Felipe; 20
grandes de España, el cardenal Borja, y una multitud de gentiles hombres, damas,
camaristas y azafatas.
Iban
además todo el Cuerpo diplomático y les precedían los guardias de Corps «con
lucidísimos uniformes nuevos — dice Suárez de Figueroa — cubiertos de ricos
galones de plata, casacas, bandoleras y cinturones».
Se
hizo el viaje en diez etapas, Casarrubios, Torrijos, Talavera, Oropesa,
Navalmoral, Jaraicejo, Villamesía, Medellín, Arroyo de San Serván y Badajoz.
Detalles
sobre este viaje pueden leerse en las cartas del marqués de Abrantes a nuestro
ministro de Estado, marqués de la Paz. Así sabemos que los pesados carruajes se
atascaron en los lodazales de Oropesa sacándolos con gran dificultad, que una
fuerte nevada les sorprendió en La Calzada y que fué muy penosa la subida del
puerto de Miravete.
En Badajoz se tenían
por las autoridades locales noticias constante de la marcha del cortejo real
porque en el venía el nuevo gobernador militar de la plaza Don Francisco
Martínez de Velasco y Teruada, marqués de Pozoblanco que las comunicaba al
cabildo, (1).
La
actividad que desplegaba la capital de Extremadura era extraordinaria, se
colocaban vistosas colgaduras se levantaban arcos de triunfo, 37 toros se
habían traído para lidiarlos en las corridas, varias compañías teatrales fueron
contratadas; y la afluencia de forasteros llegados desde los más apartados
sitios era grandísima.
(1) El marqués de Pozoblanco dió cuenta de su
nombramiento como gobernador militar en carta escrita en Trujillo el día 10 de
Enero y recibida en Badajoz el 14.
Debemos
también hacer constar el número considerable de donativos en especie y metálico
de los habitantes de la ciudad y provincia, (1).
Las
autoridades rivalizaban en su celo destacando entre todos por su entusiasmo, el
prelado D. Pedro Levanto y Vivaldo, varón de destacada personalidad y que ocupó
un lugar preeminente en su época.
Había
nacido en Sevilla de donde fué obispo auxiliar; abrazó con decisión el partido
de Felipe V durante la guerra de Sucesión siendo nombrado arzobispo de Lima en
1709 y meses después virrey del Perú. Partió intrépido para su lejano gobierno,
en plena guerra cuando las escuadras enemigas dominaban el Océano, siendo
atacado su buque por tres navíos holandeses que lo rindieron conduciéndole
prisionero a su país; rescatado regresó a España, donde lo primero que hizo fué
rendir en Talavera homenaje a su Rey renunciando muy luego a sus elevados
cargos y pasando en 1715 a regir la diócesis pacense.
Aunque se encontraba
viejo y achacoso seguía siendo el adalid del trono de los Borbones de los
pasados años como lo demostró poniendo su palacio a disposición de los reyes,
para que en el se alojaran con comodidad y retirándose a vivir a casa del
general D. Alonso de Escobar, su dilecto amigo, (2).
(1) Distinguiéndose principalmente el vecino de
Fuente de Cantos, D. Alonso del Corro y Guerrero, que hizo donación del grano
para mantener los caballos del séquito y venidos los reyes les entregó 400.000
reales de vellón para la armada que se construía por entonces en los puertos de
Andalucía. En atención a estas cosas hízole Felipe V, por decreto firmado en
Sevilla el 11 de Abril de aquel mismo año merced del título nobiliario de conde
de Montalban. Archivo histórico Nacional — legajo 8.977 número 731.
(2) La vida y hechos de D.
Pedro Francisco de Levanto y Vivaldo estan consignados en la «Historia
Eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz continuación de la escrita por
D. Juan Solano de Figueroa» pág. 66.Esta obra ha sido editada en 1945 por la
Caja Rural de Badajoz, gracias a las gestiones del presidente del Consejo de
Administración, el inolvidable escritor extremeño D. Antonio del Solar Taboada,
marqués de Campolataro, que la prologó.
Este
gesto resolvió en gran manera la instalación de la familia real, pues
abriéndose puertas de comunicación entre la residencia episcopal y las casas
contiguas en dirección a la plaza de San Juan, que eran del mayorazgo de Cháves,
(1) y utilizando además el próximo edificio denominado «Casa pintada» que daba
al campo de San Francisco, pudo ofrecérsela amplias y casi con lindantes
residencias.
Más
en donde la ciudad puso su principal empeño de levantar una construcción digna
del fausto suceso fué en la frontera del Caya ya que en aquel lugar se
verificaría la entrega de las princesas.
Hacía
muchos meses que con cuantiosos recursos se hallaban allí los aposentadores
reales y los más destacados alarifes pacenses. (2).
Fruto
de su trabajo era el soberbio pabellón levantado sobre el mismo río. Constaba
de tres amplios salones, uno en territorio español, otro en portugués y el
central más grande en la divisoria fronteriza.
En este último se había
colocado una extensa mesa para las deliberaciones y en su derredor sillas,
forradas de tisú de plata las que se hallaban en la parte española y de oro las
portuguesas. Todas las habitaciones estaban cubiertas de finísimos tapices y
cortinajes de damasco carmesí con cenefas de brocado, verde y oro; afirmándose
que costó este pabellón más de 6.000 doblones.
Por
fin llegó el momento esperado. En las primeras horas de la tarde del 16 de
Enero, las salvas de artillería y el repique de las campanas indicaron la
proximidad del cortejo real. Un gentío inmenso apiñábase en la carretera de
Talavera y se disputaba los lugares preferente para presenciar su paso.
(1) Ocupa
su lugar la actual casa de los Sres. de Mendoza.
(2) En
«La Historia de Badajoz», de Diego Suárez de Figueroa se dan importantes datos
sobre este pabellón.
(3)
Las
autoridades que presididas por el Alcalde Mayor, D. José de Bárcena, y el
Alférez Mayor D. Juan de Moscoso, esperaban su llegada a la entrada del
término, hicieron entrega a los soberanos de las llaves de la plaza, las que
recibieron con sumo agrado y frases laudatorias. (1).
Una
vez cumplimentada, la regia comitiva siguió la marcha penetrando en Badajoz por
la Puerta de la Trinidad y dirigiéndose al Campo de San Andrés, donde se había
levantado un magnífico arco triunfal bajo el que pasaron prosiguieron. hasta el corazón de la
ciudad el Campo de San Juan. Una verdadera masa humana cuyo entusiasmo llegaba
a su punto álgido la llenaba; enronquecía con sus vivas al Rey, a la Reina y
los Infantes, que se confundían con el estampido de los cañones y las campanas
de la torre catedralicia, y en tanto pasaba el cortejo lentamente bajo el arco
alzado en esta plaza totalmente engalanada. Era la hora de oraciones y
anochecía con la rapidez con que acontece en el mes de Enero cuando la familia
real llegaba a sus aposentos. Dícennos el libro del Cabildo con el realismo del
que escribe cuando acaba de presenciar los hechos:
«A
las 7 de la noche se iluminó la torre y toda la circunferencia de la Iglesia, y
toda la ciudad hizo lo mismo y habiendo salido al balcón S S. M. M. y A.A.
vieron el hermoso castillo de fuego preparado, el cual estuvo muy vistoso,
después presenciaron una mascarada que hicieron los gremios, unos a pie y otros
a caballo representando uno los reinos y otros vestidos de diferentes animales
y cada uno llevaba unas hachas de 4 pabilos para que todo se registrase muy
bien y según pasaban hacían su reverencias. (2).
Las
miradas se dirigían constantemente hacia los balcones ansiosos todos de
contemplar a la Real Familia, pero lo que no podían adivinar es que allí estaba
simbolizada Historia de España casi entera del siglo XVIII, pues el príncipe
Don Fernando entonces en los umbrales de la adolescencia con sus 15 años sería
rey después del dilatado reinado de su padre; y el Infante D. Carlos que aún no
había cumplido
(1) Archivo del
Ayuntamiento — libro de actas — número 49, folio 10.
(2) Libro del Cabildo,
folio 76 y siguientes.
los
13 sucedería a su hermano en el solio prolongándose su reinado glorioso para
España hasta las postrimerías del siglo. En cuanto al infante D. Felipe, más
niño aún, por intervención de nuestras armas en Italia llegaría a ser duque de
Parma, y D.ª María Ana a la razón de 11 años, futura reina de Portugal vivía en
estrecha relación con su patria de nacimiento hasta el extremo que fué factor
decisivo en el tratado del Pardo gracias al cual hoy ondea la bandera rojo y
gualda en la línea equinoccial. (1).
(1) Este tratado fué negociado en persona por la
reina María Ana Victoria, que ya viuda de José I y de avanzada edad no vaciló
en trasladarse a Madrid y en entrevistarse con su hermano Carlos III. El
tratado fué firmado el 1 de Marzo de 1778, y por él obtuvimos las islas de
Fernando Poo y Annobon «y los puertos y costas opuesto a dichas islas». Es decir
el territorio de la actual provincia de Río Muni.
VII
RECEPCIONES DE PRINCESAS EN LA FRONTERA DEL CAYA
Aunque en principio el
día 17 iban a verificarse las entregas en Caya aplazáronse éstas por no haber
llegado los equipajes de las princesas aunque ya ese día se comenzaron los
contactos entre las dos cortes, enviándose a Elvas al duque de Solferino y al
conde Montijo, y viniendo a su vez a Badajoz otros embajadores portugueses.
Aquel
día y el siguiente permaneció la familia real en la ciudad habiendo por las
noches luminarias y desfiles de máscaras y presenciando aquellas desde sus
balcones, pero no se celebraron contra lo que afirman la mayoría de los cronistas
de estos sucesos, las corridas de toros por la terminante prohibición de Felipe
V, que no quería esta clase de festejos, y hubo el Consejo de despedir a los
matadores contratados, como puede verse en las actas de las sesiones celebradas
en aquellos días. (1).
Puestos
finalmente de acuerdo los dos gobiernos por intermedio de sus respectivos
ministros de Estados el marqués de Paz y D. Diego de Mendoza, señalóse la tarde
del 19 de Enero para hacer la entrega recíproca de las princesas y se tomaron
las últimas disposiciones para esta solemnísima ceremonia.
Desde
que lució el sol del expresado día todas las sendas y caminos que a Caya
conducían se veían invadidos por una innumerable multitud deseosa de dar la
bienvenida a la nueva princesa de Asturias y contemplar el hermoso desfile.
En
impresionante conjunto las fuerzas militares españolas en número de más de
6.000 hombres cubrían la carrera sin contar la guardia real que escoltaba a los
reyes que con su comitiva habían salido de Badajoz a las doce de la mañana,
habiéndolo hecho los monarcas portugueses dos horas antes en atención a la
mayor distancia que separa a Elvas de la frontera.
(1)
Se ha extendido este error por haberlo afirmado así D.
Nicolás Díaz en «Fiestas Reales en Badajoz» libro del que otros muchos han
tomado sus datos.
Los cronistas españoles y portugueses cuentan y no
acaban del maravilloso conjunto de los dos cortejos con sus numerosas y doradas
carrozas, los lujosos uniformes y los elegantes atavíos de las damas pregonando
todo ello la riqueza y poderío de nuestra Patria en cuyos dominios aún no se
ponía el sol, y de la nación lusitana poseedora entonces de vastísimos dominios en Asia, en
Africa, y en América. (1).
Al pabellón levantado sobre el río Caya llegaron las
dos comitivas al mismo tiempo, abriéronse las puertas de los dos lados y las
reales familias penetraron en el salón central saludándose y abrazándose los
dos reyes con gran cariño. Después se hicieron las presentaciones de las
princesas causando general admiración a los portugueses la belleza precoz de
D.ª María Ana Victoria e impresionando a los españoles la estatura y noble
porte de D.ª Bárbara.
El embajador inglés Keene, que presenció la
ceremonia, afirma (2) que la infanta no agradó al príncipe D. Fernando y
tomándolo de él otros historiadores lo repiten, pero debe considerarse harto
dudosa su opinión dado el profundo amor que desde el primer momento se tuvieron
siempre ambos esposos y que les llevaría a no poderse sobrevivir el uno al
otro. Creemos más bien que Keene no hizo más que expresar la contrariedad que a
su gobierno causara nuestra alianza con Portugal.
Terminados los cumplidos los dos nuevos matrimonios
que se veían por primera vez, así como sus padres y hermanos, mantuvieron una
animada conversación que se prolongó largo rato. Procedióse después en presencia
de los duques de Osuna y Cadaval a dar lectura a las capitulaciones
matrimoniales que fueron firmadas por las dos familias. A continuación entraron
las camareras mayores duquesa de Montellano, para la princesa de Asturias, y
Doña María
(1) Se ocupan con extensión de estas ceremonias:
Suárez de Figueroa en su «Historia de Badajoz» página 51 y siguientes y el
historiador portugués Caetano Beirao en su obra «Cartas da Rainha Doña Mariana
Victoria» página 134 y siguientes. Empresa Nacional de Publicidad. Lisboa 1936.
(2) En la carta de Benjamín Keene al caballero La
Taye fechada en Badajoz el 20 de Enero de 1729 se dice «me puse ayer de modo que
pude observar perfectamente la entrevista de las dos familias y pude advertir
que desagradó al príncipe que la miraba como si creyese que le habían
engañado.»
de Lencastre y D.ª Ana de Lorena, para la del
Brasil, y recibieron a los representantes de los gobiernos y noblezas
respectivas que les prestaron acatamiento.
Hubo después una audición musical y al terminar ésta
D. Juan V tomó de la mano a María Ana y Felipe V a María Bárbara simbolizando
con ello que se les acogía en su nueva patria.
En aquél mismo instante resonaron descargas cerradas
de mosquetería de todas las tropas presentes, y los cañones de Badajoz y Elvas
rompieron en salvas iluminando en la temprana noche invernal los recintos de
las dos plazas fuertes, todo con el fondo unísono y clamoroso de la multitud
enardecida que desde los dos estados prorrumpía en prolongadas ovaciones.
Después de concertarse nuevas entrevistas para los
días inmediatos vinieron las despedidas y la princesa española partió para
Elvas con su esposo el príncipe del Brasil y los monarcas portugueses, y
transcurriendo los años, la brillante página que en la historia escribieron José
I, cuyo nombre va unido al de su gran ministro Pombal, y la reina María Ana
hicieron que se bendijera por todos sus súbditos la alianza matrimonial
celebrada.
VIII
SOLEMNIDADES EN BADAJOZ
María Bárbara marchaba entretanto con todo el
cortejo español para Badajoz, cruzando el puente de palmas a las seis de la
tarde y dirigiéndose a la catedral para celebrar un Te Deum en acción de
gracias.
Había habido empeñada polémica entre el cabildo
diocesano y el Patriarca de las Indias y su capilla real, sobre quién debía
realizar las funciones religiosas complicado todo por la grave enfermedad del
Obispo de Badajoz que no pudo asistir a casi ninguna de ellas.
Aducía el cabildo que a él le correspondía ya que
así se hizo en la venida de Don Felipe III en 1619 alegaba por su parte el
patriarca que era de su incumbencia por ser Capellán Mayor de S. M.; en este
caso así lo disponían las bulas de los pontífices. Mediaron agrias
contestaciones pero intervino personalmente Felipe V y con ese carácter de
ponderación y ecuanimidad con que suelen estar adornados los reyes resolvió el
litigio encomendando las funciones religiosas a ambas jerarquías. (1).
Veamos la llegada de la familia real y el nuevo
matrimonio al templo, descrita por un testigo ocular y que puede leerse
manuscrita en un apartado del libro del cabildo que creemos inédito y se
conserva en el archivo de la
Santa Iglesia Catedral. (2).
«Llegaron los alabarderos que tomaron los costados
de la Iglesia, los grandes, embajadores y títulos, tras ellos los pajes, S.S. y
M.M. y Altezas. Entraron en el Palio que llamaba el Cabildo diocesano, Rey y
Reina delante, el Príncipe y la Princesa detrás y detrás los Infantes
(1) Véanse «Libro del cabildo, folios
12 y 13; y la Historia Eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz,
continuación de la escrita por D. Juan Solano de Figueroa, pág. 57-60.
(2) «Venida del Señor Felipe V y de
la Señora Doña Isabel Francisca de Parma y de los Srs. Príncipe de Asturias D.
Fernando y princesa del Brasil Doña María Ana Victoria e Infantes D. Carlos y
Don Felipe, para las entregas en Caya de la Sra. D.ª María Bárbara de Braganza
infanta de Portugal y princesa del Brasil en virtud de los casamientos
efectuados de estos príncipes de Castilla y Portugal y relación de lo que todo
el cabildo executó y pasó en estas funciones» folio 76 y sigs. del libro del
Cabildo tantas veces citado.
D. Carlos y D. Phelipe; a este mismo tiempo bajó del
altar el Sr. Cardenal Patriarca revestido con báculo y mitra acompañado de sus
asistentes se introdujo por medio de la procesión hasta el cancel donde estaba
un tapete con dos almohadas, donde se hincaron de rodillas S.S. M.M. y Altezas
besaron la Santa Cruz y les dió agua bendita y se retiró con sus ministros al
Altar, se levantaron sus M.M. y prosiguió la procesión hasta la capilla mayor.
Subieron al Presbiterio colegiales y pajes con los cirios y los señores que no
llevaron palio se pusieron en él en dos alas.
Al llegar S.S. M.M. a la capilla Don Alvaro de
Mendoza, Sumiller de Cortina quitó el tapiz con que estaba cubierto el sitial y
lo entregó a D. Pedro de Medina, ayuda de oratorio y entraron en el sitial S.S.
M.M. y altezas».
«Este sitial nos dice la relación que nos ocupa «que
estaba situado en medio de la Capilla Mayor y era de tela blanca y flores de
oro, sobre el pusieron seis sillas de terciopelo carmesí con galones de oro,
las cuatro grandes para S.S. M.M. y para los príncipes, todas iguales y las dos
para los Srs. Infantes D. Carlos y Don Felipe más pequeñas. El sitial cogía
todo el frente de las gradas del Altar Mayor de modo que llegaba a las dos
puertas que salen a las naves y estaba a media vara de la primera grada. Los
almohadones largos cogían todo el sitial y eran de tela blanca bordados de oro
y plata».
En el sitial se colocaron de la siguiente forma: la
primera silla de la nave de San Blas la ocupó el Rey; la segunda la Reina; la
tercera el Príncipe; la cuarta la Princesa; la quinta el infante D. Carlos y la
sexta y última el Sr. D. Felipe; los señores del palio se quedaron con él a la
puerta de dicha Capilla Mayor, la que se llenó toda de alabarderos y señores
Grandes; hincáronse de rodillas S.S. M.M. y A.A. hicieron oración y su
eminencia en medio del altar comenzó el Te deum, cantólo la música de la capilla
Real (sin que se necesitase de ella voz e instrumento de la iglesia), que se
pusieron en todas las tres tribunas de el coro, por ser más de cuarenta entre
instrumentos y voces y habiéndolo acabado de cantar dijo su eminencia las
oraciones que proviene el ceremonial y ritual y después tomando báculo y Mitra
echó la
bendición solemne y acabada, su eminencia echa la venia a S.S. M.M. se retiró a
su silla con sus ministros; y S.S. M.M. y A.A. volvieron a salir asistidos del
cabildo con su palio en la misma conformidad que a la entrada hasta la misma
puerta principal. Salieron de ella y sus pajes y formando su carroza se
retiraron a su palacio».
Para festejar tan trascendentales actos como habían
tenido lugar aquel día, toda la ciudad se iluminó, se celebró un gran baile de
gala en casa del general Escobar, hubo representaciones dramáticas en los dos
teatros de la plaza Alta y las Comedias y tres fuentes públicas situadas en la
plaza de San Juan, de la Cruz y de los Fonsecas manaron leche y vino. (1).
En honor del nuevo matrimonio efectuóse una vistosa
mascarada que presenciaron desde los balcones de su residencia la bendición solemne y acabada,
su eminencia echa la venia a S.S. M.M. se retiró a su silla con sus ministros;
y S.S. M.M. y A.A. volvieron a salir asistidos del cabildo con su palio en la
misma conformidad que a la entrada hasta la misma puerta principal. Salieron de
ella y sus pajes y formando su carroza se retiraron a su palacio».
Para festejar tan trascendentales actos como habían
tenido lugar aquel día, toda la ciudad se iluminó, se celebró un gran baile de
gala en casa del general Escobar, hubo representaciones dramáticas en los dos
teatros de la plaza Alta y las Comedias y tres fuentes públicas situadas en la
plaza de San Juan, de la Cruz y de los Fonsecas manaron leche y vino. (2).
En honor del nuevo matrimonio efectuóse una vistosa
mascarada que presenciaron desde los balcones de su residencia cia, reyes y príncipes. Todos
estaban pendientes de estos jóvenes en que se cifraban las esperanzas del
futuro, que es alta misión de la realeza asegurar, con los enlaces de sus
miembros la continuidad política.
(1) «Noticia histórica de las fiestas
reales celebradas en Badajoz» por D. Nicolás Díaz Pérez. Madrid 1899, pág. 64 a
79.
(2) (1) «Noticia histórica de las
fiestas reales celebradas en Badajoz» por D. Nicolás Díaz Pérez. Madrid 1899,
pág. 64 a 79.
En la siguiente mañana, el cardenal Borja (1)
celebró en palacio la misa en que se velaron los príncipes, acto al que
asistieron toda la Real familia y la nobleza. Se repitieron en esta jornada y
las siguientes iluminaciones y fuegos artificiales y a la noche se les ofreció
una serenata en la que hubo gran concurrencia no sólo de españoles sino de
portugueses, ya que eran muchos los que se trasladaron a Badajoz para asistir a
los festejos.
El día 21 tuvo lugar la gran cacería que Badajoz
ofrecía a la Casa Real que asistió en pleno. Ochocientos hombres batieron los
montes de Botova, Montijo, Puebla, Talavera, Villar del Rey y Roca y se
cobraron un número crecidísimo de reses y piezas de caza menor.
Las entrevistas celebradas con los emisarios
portugueses como asimismo las ceremonias de las entregas de las princesas con
los laboriosos trámites que los precedieron y principalmente las incidencias
sufridas entre el Cabildo diocesano y la Corporación municipal alegando los dos
que les asistía el derecho de ser recibidos con prioridad el uno sobre el otro,
no habían permitido a Felipe V e Isabel de Farnesio, como era su mayor deseo
conceder audiencia especial a las autoridades religiosas y civiles de la ciudad
que ellos habían elegido entre todas para los solemnes actos que venimos
refiriendo. También los príncipes de Asturias tenían interés en conocer las
figuras rectoras de la población que
siempre constituiría para ellos el grato recuerdo de estar asociada a su boda.
En atención a estas cosas se fijó la recepción para el
22 de Enero, concurriendo a ella independientemente el Cabildo eclesiástico
primero, después la Corporación municipal.
(1) Don Carlos de Borja Centellas y Ponce de León,
es uno de los personajes más relevantes de su época. Hijo del IX duque de
Gandía. Notable teólogo y escritor. Fué nombrado en 1705 capellán mayor del rey
y vicario general castrense, colaborando estrechamente con el monarca que le
envió en los más destacados hechos del reinado de Felipe V pues además de
efectuar estos enlaces, figuró en la jura del príncipe de Asturias D. Fernando
y en la boda de éste con la infanta de San Ildefonso. Falleció en este Real
Sitio.
El Cabildo presidido por el Deán don Cristóbal Poo
Sotales, ya que el Obispo gravemente enfermo no pudo asistir (1) reunióse en la
catedral y desde ella salieron «con manteos y bonetes, los capellanes delante,
el pertiguero con su ropa y los Sres. por sus antigüedades en sus coros, el
secretario detrás del Cabildo, los sacristanes, clerizones y pajes con manteos
y sombreros. Así se llegó a Palacio y se subió a la antesala donde es
peró ordenando el cabildo orden
de entrar la cual se le dió a la una y veinte».
Por un asistente a esta audiencia (2) sabemos «que
en un salón estaban el Rey y la Reina con muchas damas y Sres. detrás, y que
las paredes estaban colgadas de rica tapicería de Flandes».
El Deán besó la mano de los monarcas dirigiéndoles
una breve salutación, a continuación entraron todos los miembros del cabildo y
según iban haciendo pleitesía a los reyes se presentaba expresando su nombre y
dignidad. Contestaron los reyes con frases sencillas y sentidas y se retiraron
los representantes eclesiásticos, habiendo el palacio, aplazando para el
siguiente día la visita a los príncipes. (3).
De la audiencia concedida al Consejo municipal se
consignan importantes datos en el libro de actas número 44, en el archivo del
Ayuntamiento. (4).
Caballeros y regidores se reunieron en las casas
consistoriales, presididos por el Alcalde Mayor, D. José de Bárcena — ya que el
gobernador, marqués de Pozoblanco, estaba ocupado en el inmediato servicio real
— llevando todos el traje de gala confeccionado expreso para aquellos días.
(5).
(1) El Sr. Obispo había contraído su
grave dolencia, que sería mortal, la tarde de las entregas de las princesas en
la frontera del Caya a la que asistió con los Reyes. Historia eclesiástica del
obispado de Badajoz. página 65.
(2) El anónimo autor del libro del
cabildo citado. Folio 80.
(3) «Historia eclesiástica de la ciudad y obispado
de Badajoz», pág. 63.
(4) Puede leerse el acta de aquella
sesión en los folios 23 y 24.
(5) Consistía éste en vestido con
casaca y calzón de terciopelo negro, chupa y vuelta de persiana de color de
perla y medias y sombrero negro con plumas blancas.
Escoltados por los maceros se
trasladaron a Palacio y fueron recibidos «en el salón principal donde estaba el
Rey Nuestro Sr. y a su izqda. la Reina Nuestra Señora; y entrando por su orden el
Sr. Alcalde Mayor llegó a S.S. M.M. y haciendo tres cortesías hincada (sic) la
rodilla en tierra besó la mano de S.S. M.M. y levantándose se puso de pie a un
lado dando lectura a un sentido discurso en el que expresó el incomparable gozo
de la ciudad con las recíprocas nupcias de Nuestros Serenísimos Príncipes».
El Rey respondió con muestras de
gran gratitud y pidiendo, como así se efectuó, que le fueran presentados uno a
uno los miembros de la corporación.
Terminada la audiencia trasladóse
el municipio al palacio de los príncipes de Asturias «que es la casa pintada» a
la entrada del Campo de San Francisco.
Bárbara de Braganza y D.
Fernando, les recibieron con gran amabilidad y con ritual semejante les fueron
presentados todos. A las palabras del Alcalde Mayor congratulándose por sus
nupcias contestaron en términos de afecto y cortesía que impresionaron
gratamente a sus sesudos visitantes que acaso no esperaran tal dominio de sí
mismos en tan jóvenes adolescentes.
Cumplimentaron a continuación a
los Infantes D. Carlos y D. Felipe y regresaron después a las casas
consistoriales con el mismo acompañamiento con que habían salido.
Aquella noche repitiéronse los
festejos populares y al siguiente día determinóse el Cabildo diocesano a rendir
pleitesía a los príncipes e infantes: dirigióse para ello en demanda de hora al
marqués de Cuéllar, mayordomo más antiguo del príncipe y a la duquesa de
Montellano, camarera mayor de María Bárbara, los que con gran brevedad
respondieron que los príncipes les habían dicho «recibirían al Cabildo a la
hora que el Cabildo quisiese». Con tan amable contestación estaban ya todos
reunidos en la catedral pasaron a visitarlos inmediatamente a poco más de las
once de la mañana con el mismo ceremonial con que se verificó la audiencia de
los reyes.
Los nuevos esposos luego de
escuchar la salutación del Deán pidieron les fueran presentados todos los
miembros que lo integraban dándoles gracias por su homenaje.
Terminado el acto el cabildo se
trasladó a continuación a visitar a los Infantes D. Carlos y D. Felipe con los
que repartieron brevemente.
Esa misma tarde según previamente
habían concertado los reyes de España y de Portugal se trasladaron sin apenas
acompañamiento y prescindiendo del protocolo, a la frontera de Caya con sus
hijos pues unos y otros deseaban verlos.
Allí pasaron la tarde en animada
charla amenizada con un intermedio musical y se despidieron con grandísimo
afecto a la puesta del sol. Fué pues el encuentro estrictamente familiar en que
Juan V y Felipe V se trataron como honrados padres de familia burguesa, con
gran contentamiento de sus respectivos súbditos que siempre ha gustado el
pueblo de ver en los que los gobiernan ejemplos de sencillez y de armonía
conyugal y filial.
Después de una nueva cacería
efectuada en la Corchuela a la que asistió la corte española; de nuevas
luminarias y mascaradas; de dádivas espléndidas en especie y dinero para los
menesterosos de la ciudad; se publicó la orden de salida de la corte para
Sevilla que debía ir precedida de la despedida oficial de la portuguesa en la
frontera del Caya la tarde del 26 de Enero.
Otra vez fué pues, el pabellón,
levantado sobre el pequeño río, escenario de la reunión de los reyes,
príncipes, ministros y nobleza de las dos coronas que se despidieron enmedio de
los mayores sentimientos de afecto.
Es de notar que los más
emocionados fueron Felipe V y Juan V y se comprende. En su juventud se habían
combatido al frente de sus ejércitos en los campos de batalla; durante muchos
años sus estados habían sido enemigos y ahora su decidido empeño había
conseguido realizar: en aras de ello habían entregado los bienes más preciados
que los padres pueden dar: sus hijas.
Añaden testigos presenciales que
permanecieron durante mucho tiempo abrazado el uno al otro prometiéndose firme
e indestructible amistad en nombre de las dos gloriosas naciones peninsulares
que regían.
Llegaba el momento de la partida
de Badajoz, ya el 25 lo habían hecho los regimientos de guardias y
aposentadores. El 27, jueves, a las dos de la tarde, tras once días de estancia
en nuestra capital, partió el real cortejo. Un gentío inmenso llenaba las
estrechas calles y coronaba las murallas prolongándose las ovaciones hasta
perderse en lontananza por la carretera de Sevilla, los coches, escuadrones de
la escolta de caballería y las fuerzas de a pie que lo integraban (1).
Ya insertaron los días
inolvidables que vivió la capital de Extremadura y los que por su enorme
trascendencia incluimos entre los más señalados que ha presenciado en la
historia de las relaciones hispano-portuguesas.
Pero está incompleto este
discurso, si al llegar aquí, no evocara aunque de forma brevísima, la figura de
la excelsa dama que Portugal nos entregó.
En efecto cuando en 1746 finó el
largo reinado de Felipe V y Fernando VI y Bárbara de Braganza ascendieron al
trono pudimos admirar las dotes excepcionales de la reina, que en tantas
ocasiones aconsejó en su gobierno a aquel buen rey que
(1) Los reyes se trasladaron a
Andalucía para presenciar la llegada de una flota de Indias e impulsar con su
presencia la construcción de la nueva escuadra en el astillero construido por
el ministro don José Patiño, gran impulsador de nuestra marina.
destacó entre todos los Borbones
porque supo darnos, sabiendo resistir a las presiones de las potencias, un
dilatado período de paz en que España pudo centrar sus energías en el progreso
y bienestar exterior, alcanzando un desarrollo de su potencial económico hasta
entonces desconocido.
En su matrimonio por su carácter
y temperamento llegaron a compenetrarse de tal forma que difícilmente se
hallará quienes les supere en el amor recíproco.
No nos extrañe pues que cuando se
extingue la vida de la reina, Fernando VI no fuera capaz de sobrellevar aquel
durísimo golpe.
Dicenos Lamartine: «que el amor
si es completo, para arrancarlo hay que arrancar el corazón y cuando absorbe
los pensamientos y las atenciones todas físicas y espirituales del individuo si
le falta el objeto amado puede transformarse en locura».
Y esto aconteció con el Rey. Al
morir Doña Bárbara, se trasladó al castillo de Villaviciosa de Odón, alejándose
cuanto pudo de las proximidades de Madrid que aquella no conocía en él le
perseguiría menos su recuerdo; inútil fué que sus ministros le instaran para
que regresara a la corte; nada se hizo; abandonó el despacho de los asuntos
públicos, se trastornó su mente, alteróse profundamente su salud, ya no se
cumplía un año de la pérdida de su esposa idolatrada cuando la muerte le
llevaría a reunirse con ella en la tumba.
Los regios soberanos duermen el
sueño eterno en la iglesia de Santa Bárbara del monasterio de las Salesas
Reales; la grandiosa construcción que la reina
Bárbara edificó
Bárbara reina
Bárbara gasto
Bárbara reina
Creemos que su epitafio puede
reunirse en muy pocas líneas afirmando que si Dios no les concedió hijos,
hízoles donación de cualidades con las que supieron ser padres amantísimos de
todos los españoles.
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